Reseña “Sus ojos en mi” (2015), Delgado, F., ed. Planeta

Hace unos meses, coincidiendo casi con la publicación de la primera serie “Cuentos para una tarde de lluvia”, tuve la posibilidad de participar en un taller de narrativa de la Universitat de València dirigido por el profesor Fernando Delgado. En aquellos momentos no acababa de poner cara al director del taller ni asociaba su nombre a la radio o a la televisión, medios de los que vivo y he vivido desconectada. Salvo excepciones, no suelo invertir mis ocios lectores en obras premiadas, por lo que tampoco conocía su trabajo “La mirada del otro”, premio Planeta 1995, llevada al cine por Vicente Aranda, ni otras obras suyas que han resultado acreedoras de diversos galardones. Sí hubo una obra del autor que descubrí por causalidad durante una convalecencia y que me llamó la atención por su especial ternura y sensibilidad, ”Me llamo Lucas y no soy perro” (2013). Esa deliciosa obra que condena el maltrato animal fue la razón por la que, sacrificando mi tiempo, me matriculé en el taller de escritura. No me gusta ahorrarme la sorpresa del descubrimiento, la emoción de un primer encuentro libre de prejuicios ni las primeras impresiones, de ahí que haya evitado por lo general la costumbre de precipitarme en los brazos de Google cuando alguien nuevo llega a mi vida. Fue así como, al entrar en aquella aula de la Universitat, me encontré con muchos desconocidos, entre los que figuraban Rafa Sastre, Pepe Sanchis, Adrià Bixquert y otros estupendos compañeros, y con un hombre muy alto, de voz profunda y rostro amable en el que comenzaban a notarse ya las huellas del tiempo. Unas pocas sesiones bastaron para apreciar el talento de un inmenso periodista y escritor cuyo afán por la excelencia hizo que sus alumnos sacaran lo mejor de sí mismos. Durante el taller tuvieron lugar dos sucesos importantes que cambiarían la trayectoria del profesor Delgado. La última obra del escritor,” Sus ojos en mí”, resultó acreedora del premio Azorín 2015 y fue publicada por editorial Planeta. Por si esto no bastara, el autor también decidió abrirse a la ciudadanía, entrando a formar parte de la vida política, demostrando que no existen barreras temporales para andar nuevos caminos. A finales de abril ya sabía de primera mano quién era Fernando Delgado.

DELGADO, F., (2015), Sus ojos en mí, premio Azorín 2015, editorial Planeta. Colección Autores Españoles e Iberoamericanos, 304 páginas.

En esta obra, la experiencia periodística de Fernando González Delgado se solapa con su faceta de escritor, resultando inescindibles la una de la otra. La novela comprende dos momentos temporales distintos, los años 60 del siglo XX y el siglo XVI, referidos al territorio español. El autor utiliza una técnica narrativa ingeniosa para conectar ambos tiempos, utilizando diálogos continuados entre el narrador, fray Casto del Niño Jesús, y los diversos figurantes que aparecen en la obra (el fraile mentor, Humberto de San Luis, que recuerda vagamente al Guillermo de Bakersville de “El nombre de la Rosa”, de Eco, U.; la priora del convento de Béjar, el tío historiador del narrador, Ronald Weyler…). El fraile-escritor-investigador se revela experto en el arte de la mayéutica realizando, desde el presente, preguntas circulares sobre los personajes centrales que se proyectan hacia el pasado -si algo resulta objetable es su planteamiento  directo y franco, dirigido a demostrar la tesis del “enamoramiento” de Santa de Teresa de Jesús, siendo Gracián el amado-. Resulta destacable el lenguaje arcaizante, de tono elevado y formal, que nos introduce en el marco histórico de Teresa y Jerónimo Gracián, como también los juegos de frases y palabras concatenadas que dan lugar a reflexiones no exentas de un humor refinado y sutil, -lo que se aprecia incluso en el nombre elegido para el fraile-escritor-, aportando fluidez a la prosa.

En “Sus ojos en mí” Fernando Delgado no pretende probablemente construir una novela histórica sino realizar una profunda reflexión sobre el amor a través de dos personajes de singular calado y relevancia ubicados en un contexto temporal de especial interés, la España del Siglo de Oro, máxime cuando este año es año teresiano (V centenario del nacimiento de Santa Teresa). Tampoco pretende quizá Fernando convertirse en adalid de la libertad e igualdad de la mujer ni desafiar el tabú del enamoramiento entre una mujer de edad y un hombre más joven, ni ofrecer al lector interesado un tratado sobre la gestación de una obra literaria o de ésta en particular – proposición del tema, investigación personal de los escenarios, pasando por la referencia al “diablillo” creador, semejante al “duende” lorquiano, por momentos malicioso, que va animando al protagonista en sus pesquisas-. Resulta meritorio que, sin desviarse del tema central que propone, logre Delgado este propósito, además de muchos otros, confirmando la tesis estrictamente personal de que hay escritores que no se hacen, sino que nacen; que quizá no han escogido libremente el trabajo del escritor, el más difícil del mundo, por cuanto que escribir se articula como un acto de rendición frente a una voz interna que les guía e impulsa.

Al margen del interés histórico de los personajes centrales, sobre todo el de Teresa, de las complejidades del contexto temporal en que se ubican y de las dificultades que supuso tanto para Jerónimo Gracián como para la Santa emprender y continuar, respectivamente, la reforma de la Orden del Carmelo, la gran reflexión que suscita la obra es hasta qué punto podemos domeñar las pasiones humanas, sea cual sea nuestra edad y condición, y escapar de la más importante de todas: el amor. El amor influye en nuestras emociones y condiciona algunas de nuestras decisiones, como sucede en el caso de la monja, que viaja a Sevilla en lugar de ir a Madrid para fundar un nuevo convento, haciendo prevalecer la decisión de Gracián sobre el consejo divino.

Delgado se plantea en su obra si puede ser amor sensual el amor admirativo que surge entre dos personas sin necesidad de sustrato físico, si esta clase de amor nos conduce a lo bello y lo bueno y si es amor de Dios. En el Cantar de los Cantares se celebra el amor erótico, que se considera como algo bueno y natural, bello y valioso. El Cantar enseña a su modo que el amor entre el hombre y la mujer es digno, despojándolo de todo juicio moral, porque el amor es algo gozoso y, en su consecuencia, un bien en sí. En el Cantar no se define el amor. Porque el amor entre dos personas parece no encajar en los estrechos márgenes de un concepto como tampoco puede reducirse a un mero impulso biológico. Para Delgado, el amor admirativo es amor y, en tanto amor, amor sensual, es decir, amor que necesita de los sentidos –sin que ello implique necesariamente el encuentro físico entre hombre y mujer-. El amor se concibe, de este modo, como un impulso de vida que tiende a la expresión de la creatividad suprema, extrayendo de nosotros todo aquello que tenemos de participación de lo divino. Es una idea que encuentra su base en la mitología griega, donde el encuentro entre dos almas se produce bajo la supervisión de Eros. En el Banquete, Platón expresa, por boca de Sócrates, que la meta real del amor es la belleza, que para el filósofo no se diferencia del bien.

Si el amor admirativo es amor sensual y si es amor admirativo lo que siente Teresa hacia Gracián, la conclusión resulta obvia: la monja se enamora de Gracián, con independencia de la barrera de la edad y de las barreras impuestas por la consagración de ambos a la Iglesia; además, se congratula de ello–de ahí que, para Santa Teresa, sea el mismo Dios el que bendice la relación entre ella y Gracián, uniéndoles las manos-. La única objeción que puede plantearse a la tesis de Delgado es que, desde el principio, el autor racionalice o justifique el amor entre los dos protagonistas aludiendo a la gracia del objeto amado, pues destaca a Jerónimo Gracián como hombre atractivo, culto y seductor, dotado de gran inteligencia y virtud. Desde nuestra perspectiva, el amor es sentimiento que no  puede pensarse ni reducirse a mero intelecto; tampoco tiene finalidad alguna, ni siquiera la belleza –en esto disentimos de Platón-. En el amor, de acuerdo con nuestro criterio, el único reto verdadero es la consciencia del amor y que esa consciencia pueda hacerse recíproca.

En «Peregrinación de Anastasio», en Obras del P. Jerónimo Gracián, III, Burgos, 1933, pp. 246-247, revela Gracián la verdadera naturaleza del amor entre la Santa y él (sic): “Me amó tiernísimamente y yo a ella más que a ninguna otra criatura de la tierra, y después de ella, a mi madre doña Juana Dantisco, que también me quería con más particular amor que a otro ninguno de sus hijos. Mas este amor tan grande que yo tenía a la madre Teresa y ella a mí, es muy de otro jaez que el amor que suele haber en el mundo, porque aquel amor es peligroso, embarazoso y causa pensamientos y tentaciones no buenas, que desconsuelan y entibian el espíritu, inquietan la sensualidad. Mas este amor que yo tenía a la madre Teresa y ella a mí, en mí causaba pureza, espíritu y amor de Dios, y en ella consuelo y alivio para sus trabajos, como muchas veces me dijo, y así no querría que ni aún mi madre me quisiese más que ella”.

Gracián alude por lo tanto a un amor estrictamente maternal entre él y la Santa. Es probable que Jerónimo Gracián acierte en su juicio. No hay amor más intenso que el que puede sentir una madre por aquel hijo que personifica la virtud y la gracia, hasta el punto que se contempla en él un sucesor para la continuación de una obra de gran altura, como puede ser la reforma del Carmelo. No hay tampoco amor más duradero que el sentido por el hijo hacia una madre a la que admira, en la que confluyen la energía, la experiencia de la vida, la sabiduría con la debilidad física propia de la vejez. La vida nos da a menudo hijos y madres respecto de los que experimentamos un sentimiento de participación, a pesar de no compartir con ellos vínculos biológicos. Santa Teresa no fue madre, de modo que quizá ni siquiera ella fuera capaz de catalogar o etiquetar su sentimiento por Gracián, confundiendo las emociones que le suscita el fraile con el amor entre hombre y mujer y comportándose, en su consecuencia, como mujer enamorada.

La gran ventaja del novelista, y esto ya lo advierte Delgado, es que el escritor no es historiador stricto sensu de modo que, partiendo de la realidad, puede plantearse otras posibilidades, respondiendo a un ¿sería posible que…?, hasta llegar a su propia conclusión personal, como hace Fernando en esta obra. ¿Sería posible que Teresa de Jesús se hubiera enamorado en la vejez de un fraile treinta años menor, especialmente agraciado? Sí, de acuerdo con Delgado, sin que ello implicase la consumación carnal del amor. Conclusión que no es gratuita, pues se llega a ella tras una investigación prolija y dilatada en el tiempo. Conclusión con la que el lector puede coincidir o no, pues es legítimo que el lector formule sus propias reflexiones, haciendo gala de su capacidad crítica.

“Sus ojos en mí” es, por lo tanto, una obra sumamente rica en matices, capaz de suscitar la reflexión sobre temas universales que escapan a cualquier contexto histórico y de humanizar, sin juzgar, a una de las grandes figuras de nuestra historia y de nuestras letras, una de las mejores prosistas en lengua española. Una obra que alude tangencialmente a la cuestión de la identidad y subjetividad femeninas al tiempo que nos impulsa de bruces a los brazos de una España en crisis, cambiante, similar a la actual, y nos hace ver que las pulsiones del ser humano son universales y se reiteran en el tiempo. Los lectores de Fernando esperarán seguramente que este trabajo no sea el último del autor y que sus compromisos con la ciudadanía no le mantengan apartado de su faceta de escritor. Un reto para Fernando Delgado: un cuento infantil. No creo, como él dice, que se le resista en modo alguno. Delgado es seguramente capaz de hacerlo, pues es uno de los grandes.

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