Tras las huellas de Heródoto (Crónicas de un viaje histórico por Asia Menor) (2015), Penadés, A., ed. Almuzara, 382 páginas

El último libro que introduje en mi maleta, broche de oro de este intenso verano que ya se acerca a su fin:

Tras las huellas de Heródoto (Crónicas de un viaje histórico por Asia Menor) (2015), Penadés, A., ed. Almuzara, 382 páginas.

Antonio Penadés (1970) es abogado, periodista, investigador sobre historia antigua y escritor de novela y ensayo. Es, asimismo, delegado de Familias sin fronteras por la Infancia, ONG que financia orfanatos y escuelas en Haití, y presidente de la asociación Acción Cívica, organización ciudadana creada en 2014 con el objetivo de combatir activamente la corrupción (www.accioncivica.org).

A pesar de sus múltiples intereses y actividades, dirige el curso de escritura creativa de L’Iber, Museo de los soldaditos de plomo de Valencia. Es en la décima edición de este curso y en su faceta de docente cuando he tenido ocasión de conocer a Antonio, si bien el solapamiento horario con otras actividades insoslayables hizo que tan sólo pudiera asistir a algunas de sus clases.

Leer a aquellas personas a quienes conocemos, siquiera sea de forma superficial, resulta una experiencia interesante y un tanto arriesgada, por cuanto el acercamiento a la obra del otro quizás termine propiciando un cambio de percepción. De ahí que resulte necesario liberarse de todo tipo de prejuicio en la aproximación a ese universo no del todo ajeno y proceder con sumo respeto. En este sentido, el encuentro con el escritor y con su obra ha sido muy grato. Antonio Penadés pone a disposición del lector, con gran generosidad por su parte, sus conocimientos históricos pero también sus experiencias, sus reflexiones e inquietudes, incluso expresa sus preferencias personales -seguramente, al completar la lectura de la obra, el lector sabrá que Tolkien figura entre las lecturas juveniles del autor como sabrá también de su carácter pragmático o incluso de su marca de cerveza favorita -. De ahí que él mismo confiese que en esta obra se “desnuda” en tanto es capaz de compartir con el lector vivencias, sentimientos, emociones y opiniones de un modo llano y sincero, como también lo hace en su vida personal. Esta forma de proceder supone un acto previo de reconocimiento y autoexpresión cuyo efecto, pretendido o no, es la humanización del escritor, la bajada del pedestal creativo y la legitimación del lector, al que se reconoce como interlocutor válido.

“Tras las huellas de Hérodoto” se concibe como la crónica de un viaje que recorre la costa suroeste de Turquía, siguiendo en buena parte la trayectoria trazada por el ejército de Jerjes en la invasión de Grecia (Segunda Guerra Médica). Su propósito primigenio es descubrir la presencia de Heródoto, seguir sus huellas, de ahí que el viajero parta de Halicarnaso, ciudad en la que vivió el historiador, y se aparte en algunos casos de la ruta prevista -v.g, el desvío hacia la isla de Samos o la visita a ciudades significativas en la época clásica, como Mileto, Éfeso o Afrosidias-. El proyecto del autor, que él mismo califica como viajero-histórico-literario, se gesta durante la adolescencia y comienza durante una fría tarde de lluvia en la biblioteca pública (v. Introducción). El descubrimiento bajo esas circunstancias de la obra y de la figura de Heródoto (libro V) actúa como catalizador de “un interés sincero hacia la condición del hombre” (p. 22) que justifica en lo esencial la fascinación que la Historia Antigua ejerce sobre el autor. El viaje es el sueño de una noche de verano que se ejecuta más de un cuarto de siglo después, en plena madurez física e intelectual, en solitario (“era mi proyecto”, p. 18). De ahí que revista en cierto modo la condición de viaje iniciático, entendida la palabra no en su acepción esotérica sino en el sentido de viaje hacia el conocimiento. Este tipo de viajes suelen producirse en épocas en las que se activa un arquetipo, fenómeno que da lugar a“sincronicidades” en nuestra vida ordinaria (v. Jung, C.G., “El hombre y sus símbolos,” ed. Paidós). El resultado no es otro que un ensanchamiento de la personalidad. Bien pudiera ser el caso, pues el autor afirma con rotundidad que“al regreso de un viaje tan enriquecedor, la concepción que uno tiene del mundo varía indefectiblemente” (p. 19, p. 34) como también es sincronicidad la coincidencia parcial temática de su proyecto con el de R. Kapuściński (Viajes con Heródoto), cuyo libro le acompaña en su viaje (v. p. 35).

La obra viene estructurada en diez partes, introducción y nueve capítulos, precedidas por el prólogo del conocido novelista e historiador Gisbert Haefs, sencillamente magistral. Se incorpora, además, una guía cronológica que facilita la ubicación del marco histórico para lector no especializado en historia griega. Hubiera sido de interés incluir una tabla de contenidos para facilitar la consulta de las abundantes materias (historia, mitos, leyendas) que se abordan en el texto, omisión excusable si se tiene en consideración que la obra no se concibe estrictamente como una crónica viajera o un ensayo de naturaleza histórico-filosófica, sino que incorpora un aspecto literario esencial, tal y como expresa el autor. “Tras la huellas de Heródoto” es, en efecto, un cuaderno de viajes al que se incorporan elementos históricos, leyendas y la narrativa de la propia experiencia vital del viajero en su recorrido desde el presente hacia el pasado (p. 19).

Cada uno de los nueve capítulos viene acompañado por una leyenda en la que se sintetiza la historia de las ciudades visitadas. El capítulo final, referido a Quersoneso y Bizancio (actual Estambul), se rotula simplemente como “Fin del viaje”. La obra mantiene una estructura equilibrada que parece responder a los principios de la Poética de Aristóles (introducción, nudo y desenlace, v. p. 161), con mayor extensión de contenidos en los capítulos centrales. La sistemática elegida para estructurar cada capítulo y, dentro de este, cada etapa del viaje, responde en esencia a esos principios; pero en la forma de contar se adivina el influjo de los Nueve Libros de la Historia de Heródoto o al menos algún que otro guiño (también en la obra hay nueve “libros” o capítulos). El viajero parte, como hiciera Heródoto, de una descripción detallada del paisaje para pasar, a continuación, a retrotraerse en el tiempo y explicar la historia del lugar visitado con apoyo en las fuentes (Heródoto, pero también otras que cita a pie de página con rigor académico), deslizando anécdotas de gran interés (entre otras muchas, la piratería en las rutas comerciales, p.37, la llamativa inteligencia de Artemisia, p. 39, y de la joven Gorgo, p.68, mosquitos en Priene, p.98,, el tirano de Samos, p.228, la costumbre de las jóvenes lidias de prostituirse para costear su dote, p. 218, el origen de los etruscos, p 232, etc…), leyendas (la leyenda de los gobernantes de Paros, p. 85, Asclepio, p.188, …) o cultos asociados a los lugares visitados (Hera en Samos, Afrodita en Afrosidias, Apolo en Mileto, Artemisia en Sardes…) y sus propias reflexiones morales u opiniones, realizadas todas ellas sin afán dogmático. Pero en ciertos aspectos, llevado de su entusiasmo e indudable erudición, el autor resulta excesivamente prolijo desde la perspectiva del lector medio (vg., capítulo VI, sobre todo en la descripción del ejército de Jerjes o la narración de algunas batallas, por ejemplo la de Maratón, en el mismo capítulo, p. 236 y ss), exceso que compensa con el lenguaje fluido, variado y ameno (acierta Haefs al decir que Antonio Penadés es un excelente lector, pues sólo alguien con mucho “oficio” puede escribir así) y con los sutiles cambios de tono que establecen complicidades con sus interlocutores, suscitando incluso la sonrisa (véase especialmente, insectos en la ducha (p.96), música “hortera” en la radio turca (p.161), la anécdota inexplicada del grupo de japoneses que rehúsa tomar parte en los baños públicos de Hierápolis (p.198) cuando en Japón, el baño Onse o Sento es toda una experiencia social). Los momentos de tensión o de “peligro” amenizan igualmente la lectura (vg., el viajero se pierde varias veces en caminos no transitados – ¿hubiera ayudado incorporar un GPS en el kit del viajero?-, se queda sin batería en el teléfono, p. 140, pretende subir a la acrópolis de Sardes por un camino desde el que puede precipitarse al vacío, p. 250, o introduce en Estambul a un extraño en su vehículo que resulta ser un antiguo agente infiltrado, p.370).

De especial interés desde nuestro punto de vista resultan los capítulos V y VIII. En el primero se contienen referencias al origen de la escritura, lo que es una buena excusa para retomar la reflexión sobre la literatura que Penadés efectúa ya desde las primeras páginas (p. 34) y sobre la novela histórica (pp. 175-177). Destaca el extenso tratamiento de la figura de Afrodita, a quien califica como su diosa preferida (p. 167), las referencias a las nueve musas (p.178) y al humor (p. 180), introduciéndonos también en los principios básicos de la medicina griega. En el VIII, es relevante la referencia a Assos como ciudad de filósofos (Aristóteles). Se proporciona, además, una preciosa y plausible teoría sobre el origen del templo griego que no debe pasar en absoluto desapercibida (p. 322 y ss, en conexión con p. 135). Tampoco debe el lector pasar por alto la leyenda sobre el origen de la guerra de Troya ni la versión de Heródoto sobre el rapto de Helena, que suscita la crítica del historiador sobre la epopeya de Homero (p. 345). En este punto, el autor se desvía por primera vez del pensamiento de Heródoto, puesto que para Penadés la historia es ciencia, a diferencia de la de la poesía épica, que es arte, de modo que el arte no puede rebatirse utilizando argumentos de la ciencia (p. 346); esta toma de posición es reflejo de su concepción sobre la novela histórica, de la que discrepamos en parte (la expresión “novela histórica” sería así una contradictio in terminis).

Pese a la abundancia de temas significativos que se abordan en la obra (la noción del tiempo, la insignificancia humana, la vida agitada de las ciudades, el respeto al otro, la justificación en ciertos casos del uso de la violencia, la perseverancia frente a la adversidad y el esfuerzo baldío, el concepto de la felicidad, los condicionantes de la libertad personal…) hay ciertos ítems recurrentes. Así, el exceso de orgullo o hybris, que el autor pone en conexión con la teoría del ciclo de Herótodo (v. p. 118, entre otras) –en definitiva, el mal siempre se destruye a sí mismo- o el injusto principio de transmisión de la culpa de padres a hijos o incluso a miembros de diferentes generaciones, como en el caso de Creso (v. en especial capítulos V y VI). Frente a la hybris se propugna el valor de la areté y se opone la sofrosyne como virtud (v. 118 y p. 183, respectivamente), relacionada con su pariente cercano, la harmonia. No se aborda la humildad como elemento compensador del exceso de hybris, no sólo por ser un concepto habitualmente ligado a las religiones del libro sino probablemente porque, de acuerdo con el pensamiento clásico, la humildad no es virtud o bien es cualidad propia del hombre llamado a las pequeñas cosas (cfr. Aristóles, Eth. IV, 7,1123b,4) ). Sobre estas y otras cuestiones el autor expone su propio punto de vista, como ya advertimos, mediante reflexiones muy elaboradas que hunden sus raíces en el clasicismo –así ocurre con la defensa del individualismo frente a la despersonalización propia de una sociedad de masas (p.147 y ss)-. Sean compartidas o no por el lector sus opiniones, el mero planteamiento de estos temas se erige en una ocasión magnífica para reflexionar y construir el propio ideario de una manera fundada, pues se trata de aspectos universales ligados a la condición del hombre (recordemos el aforismo “conócete a ti mismo”, escrito en el pronaos del templo de Apolo en Delfos).

Dice el autor que “para conocer las ciudades es preciso viajar y vivirlas”. El viajero necesitará seguramente completar de forma exhaustiva la visita a Bizancio (Estambul). Necesitará recorrer otras ciudades griegas en el Mediterráneo (ojalá algún día desembarque en las antiguas colonias griegas del Norte de África) o seguir el rastro de Alejandro, quién sabe. Sea como fuere, resultará innecesario recurrir al oráculo de Delfos, al de Dídima o incluso a cualquier pitonisa al uso para augurar nuevas experiencias histórico-literiario-viajeras a Antonio Penadés. Como sucede con los libros, también la vida nos elige.

28 de agosto de 2015

AGHerrera

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