Rumbo Sur, ACFV editorial, 2015

 

“Rumbo Sur” (ACFV editorial 2015) es la primera obra del escritor porteño Guido Finzi (Buenos Aires, 1968). Con anterioridad el autor ha publicado con diferentes pseudónimos varios relatos incluidos en antologías europeas y americanas (Sudamericana, Ediciones del Sol, Centro editor de América Latina entre otras). Ha sido también colaborador habitual en revistas culturales como Punto y Coma, Argentinos.es y Raíces con artículos en los que aborda temas relacionados con su cultura, como el español en Israel o los judíos en Argentina, o explora lugares emblemáticos de la ciudad de Buenos Aires, el Café Tortoni, la Avenida Corrientes, etc. Finzi ha realizado asimismo reseñas sobre autores argentinos como Marcelo Luján o Sergio Olguín para la Revista Literautas. En 2011, tras la publicación de Microantología del Relato II (ed. Irreverentes), alentado por el escritor Horacio Vázquez-Rial, decidió salir del anonimato y firmar como Finzi. Ese mismo año vería la luz  Rumbo Sur y otros relatos en formato e-pub (editorial Literautas.com.Libros). Su segunda obra, “Miradas” (ACFV editorial 2015), le consolida como maestro en el arte del relato.

En Rumbo Sur, Guido Finzi nos propone una selección de cuarenta y tres relatos breves que ofrecen al lector historias inusuales, si bien no exentas de verosimilitud. En todas ellas se parte de lo cotidiano, incluso se introduce el elemento biográfico para propulsarnos a través de un catalizador, habitualmente un suceso fortuito, al terreno de lo anecdótico, de todo aquello que es digno de ser contado. Los relatos de Finzi tejen a través de las palabras una atmósfera envolvente que va atrapando al lector de forma sinuosa en un mundo donde es difícil establecer el punto de inflexión entre la realidad y lo ficticio.

En estos cuarenta y tres relatos el autor reivindica el espacio del café como lugar de descanso, como lugar de encuentro y fuente de inspiración para el “cazador” de historias. El café es el entorno donde suceden anécdotas dignas de ser contadas. El espacio adquiere de este modo una identidad propia como lugar histórico y vital frente a la despersonalización de lo que Marc Augé[1] calificó en su momento como los “no lugares”, espacios de transitoriedad puramente circunstanciales, lugares de paso donde el cruce apresurado de caminos no permite que surja la intimidad. En ese otro espacio íntimo, confortable, del café porteño el escritor encuentra al otro, al otro como narrador o transmisor de historias pero también se encuentra su “sí mismo” en una alteridad que se presenta desdoblada. El café actúa, así, como una suerte de espejo de múltiples caras al más puro estilo Wells (La dama de Shangai, 1947) que ofrece a Finzi su reflejo como escritor y como personaje. Todo ello coadyuva al autor a construir la imagen de sí mismo en un intento de responder a la difícil, por no decir imposible, pregunta ¿quién soy en realidad?. De ahí que, de forma similar a Auster, de quien acusa ciertas influencias, el Finzi escritor se permita convertirse en figura literaria, incluso se sirva de su propio nombre para incorporarse al cuento y convertirse en parte de él. Desde su mesa del café o acodado en la barra del bar, el personaje se nos presenta como un hombre solitario, tranquilo, ensimismado y a veces doliente, un personaje que observa la realidad desde una cierta distancia, “subido al balcón”, e incluso con una mirada teñida de melancolía y tristeza existencial propia del post-modernismo. Frente al Finzi personaje surge el escritor, unas veces afamado y presuntuoso, otras mediocre, otras simple aspirante frustrado que se juzga sin talento. En ocasiones se rinde tributo a escritores admirados, como Alberto Moravia, autor de “Cuentos romanos” y de varias novelas hoy casi olvidadas.

La ciudad de Buenos Aires es el telón de fondo donde se inserta el microespacio del café. La ciudad y su devenir condicionan en buena medida el marco histórico-temporal de las anécdotas y de los personajes que confluyen azarosamente en ese lugar de encuentro. Esto explica que muchos de los protagonistas de las historias sean inmigrantes judíos, irlandeses (relato Rumbo Sur, que da nombre a la obra) o personas de origen italiano o polaco que viajan desde la vieja Europa hasta Sudamérica en busca de la tierra prometida, de un lugar donde empezar de nuevo remedando las heridas del pasado. Desde Madrid, ciudad de residencia del escritor, Finzi gira los ojos hacia ese Sur donde radican sus raíces –su familia emigró a Argentina durante los años treinta del pasado siglo-. No obstante, el Buenos Aires de Finzi es un lugar inexistente, el mero reflejo de la memoria nostálgica de un tiempo que ha desaparecido por causa y a causa de la tecnología y el apresuramiento.

Del mismo modo que podríamos situar la obra de Finzi en el terreno de la post-modernidad, Rumbo Sur debería incluirse en nuestra opinión en el terreno de lo que podríamos llamar, como hace Tizón (1964), post-cuento [2]. Si el cuento puede definirse como un tipo de narración  corta sujeta a ciertos cánones, el post-cuento se resiste a ser encorsetado en unos parámetros narrativos. La finalidad del post-cuento no es contar una historia sujeta a los patrones tradicionales, con una introducción, nudo y un desenlace, historia caracterizada por la prevalencia del elemento sorpresa o el giro inesperado, como sucede en la obra de grandes maestros del cuento, como Cortázar o Borges. Para Ángeles Encinar, profesora universitaria y antóloga del Cuento español actual. 1992-2012, ed. Cátedra (2014) el cuento ofrece ahora multiciplidad de posibilidades. Puede no haber desenlaces, predominan los finales abiertos y no necesariamente existe el conflicto. El cometido del post-cuento va más allá; su propósito último, si es que en realidad lo tiene, es suscitar impresiones, emociones para levantar el velo, descubrir el verdadero trasfondo de la historia, oculto incluso para el propio escritor. El lector se convierte, por tanto, en partícipe de la experiencia. La emoción es parte del cuento, como también la impresión que la historia suscita en el propio escritor, impresión que trasciende al lector a través de la empatía. De ahí que el cuento se haya convertido no sólo en un ejercicio intelectual sino también en un recorrido físico y sentimental, como nos recuerda otra escritora argentina, Samanta Schweblin, autora de Siete Casas Vacías y Distancia de Rescate.

A pesar de ser relatos independientes entre sí sin más puntos en común que un cierto halo de melancolía, los cuentos que se agrupan en Rumbo Sur tienen como leitmotiv el azar, el encuentro acausal: “Las casualidades suelen ser tan putas como inoportunas y, por lo general acuden a nosotros no a la sorda llamada de nuestros deseos sino al caprichoso dictado del azar” (“Dos o el destino”); “por eso a nadie le extrañará, como no lo hicieron a mí mismo, los pormenores de la última que nos tocó sufrir” (“Rencor”, pág. 67); “el azar no se deja tentar” (“Debilidad”, pág. 79); “Nada es casual” (relato, pág. 81).  El encuentro fortuito trae antiguos amigos, amores imposibles o personajes famosos de gran interés. Mención especial merece la figura del anciano de cabellos blancos, que se identifica con la figura del maestro o mentor, quizás recuerdo del fallecido Vázquez-Rial. Creemos, no obstante, que la palabra azar no se emplea con justeza. Como ya tuvimos ocasión de analizar en nuestro artículo Paul Auster, el escritor del azar publicado en la Revista Gurb (número 42), a cuyas páginas nos remitimos, los sucesos que cambian nuestro rumbo pueden obedecer a un plan preestablecido, al que podemos llamar azar controlado o simplemente destino. Finzi se declara un determinista a ultranza de modo que, para él, todo lo que sucede tiene un cierto propósito. El premio Nobel Isacc Bashevis Singer o Borges inciden en la idea de destino e influyen, sin duda, sobre el autor.

Un aspecto destacable es la compleja relación que el “Finzi” personaje guarda con el principio femenino, representado a través de la figura de una femme fatal que, con mucha frecuencia, actúa como una suerte de ánima negativa. En Rumbo Sur el amor es vivido por Finzi incluso como un estado de esclavitud, revelando de nuevo su pensamiento determinista (“en el amor”, afirma, “no existe el libre albedrío y uno no decide de quien va a enamorarse”, pág. 62). Finzi expresa su preferencia por un determinado tipo de mujer, la mujer madura. Rara vez las historias amorosas del escritor acaban bien, pese a que él confiesa creer en el amor. A veces, el personaje amado en el pasado reaparece (recurso típico del universo “austeriano”) fruto de un azar orquestado por el demiurgo, ofreciendo segundas oportunidades para subsanar los antiguos errores. Las segundas oportunidades, sin embargo, no parecen existir para Finzi, que es capaz de reconocer la fatalidad a tiempo, evitando el precipicio de incurrir dos veces en el mismo error (“Psicoloca”).

Centrándonos en el estilo, decir que los relatos están muy bien escritos. Las descripciones detalladas, con una adjetivación por lo general precisa, permiten crear, como ya hemos advertido, atmósferas que tiran del lector hasta hacerle formar parte del relato. Los diálogos aportan fluidez al texto, con el uso del habla argentina, muy frecuente, que permite contextualizar. El principal problema estilístico radica en el uso de frases excesivamente largas con abundancia de comas, lo que genera un ritmo lento. En ocasiones se incurre en el error de las comparaciones desafortunadas o de metáforas poco originales y manidas (“cielo color panza de ratón”, por sustitución del tantas veces leído cielo color panza de burro). Estos pequeños excesos se compensan, sin embargo, con una prosa elegante, no exenta de refinamiento, donde apenas queda espacio  para el lenguaje vulgar.

Es todo un reto presentar una colección de relatos tan extensa y mantener constante la capacidad de sorpresa del lector, un reto que ni siquiera superan, en nuestra opinión, los grandes maestros del cuento. Finzi sale relativamente airoso de este trance y la tendencia a la monotonía presente en las colecciones de relatos logra romperse a través de historias amorosas casi pero no del todo inverosímiles, capaces incluso de suscitar una sonrisa en cierto modo amarga.

No nos gustaría finalizar este breve comentario sin calificar al menos dos de los relatos de Rumbo Sur no sólo como auténticas joyas literarias sino como el guión de novelas que todavía están por escribir. Es el caso de “Ficciones”  y “Una historia romana”, dos relatos que no pueden ser pasados por alto a causa de excelente calidad narrativa, su interés histórico  y su indudable vocación de trascendencia en el tiempo. Esperamos con sincero interés que, algún día, el Guido Finzi escritor acometa el reto de  ofrecernos la historia fabulada de Vittorio y Adela, dos personajes capaces sin duda de cautivar y enamorar al lector.

 

Alicia García-Herrera

10 de diciembre de 2015

[1] AUGÉ, M.,(2009), Los no lugares, espacios del anonimato. Antropología sobre modernidad, ed. Ghedisa.

[2] TIZÓN, E., Postcuento, El Cultural, www.elcultural.com/revista/opinion/Postcuento/37102 (octubre 2015)

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