Cot, Alfredo (2016) ABECEDARIO DE FLORES, ed. Cuestión de Belleza

Comentarios críticos a Cot, Alfredo (2016) ABECEDARIO DE FLORES, ed. Cuestión de Belleza

Alicia García-Herrera

 

Dicen que el don de crear historias y de contarlas bien es algo reservado únicamente a unos cuantos elegidos.  En la Grecia arcaica a esos elegidos, a los que la tradición considera ciegos, se les llamaba aedos, portavoces de la divinidad que, auxiliados por las Musas, expresaban mediante el canto los hechos gloriosos del pasado *. En la época actual solemos llamarles escritores, si bien eso implica olvidar la diferencia, en absoluto sutil, entre escritores,  contadores de historias  y poetas.

El reciente fenómeno de la proliferación de escritores, oficio en vías de transformación (¿extinción?) como consecuencia de la revolución digital, nos indica que quizá ha llegado el momento de volver un poco a los orígenes, recuperar también a los contadores de historias y a los poetas.

Porque el arte de contar no decaerá jamás mientras haya una historia digna de ser contada, mientras haya gente que desee reunirse en torno a una hoguera bajo la luz tenue de las estrellas dispuesta a escuchar, como tampoco decaerá la poseía, una de las vías para acceder a la sabiduría y a la Belleza. Es de celebrar, por estas razones, que hoy día haya aún escritores analógicos que se atrevan a recorrer el camino a la inversa, de dentro  afuera, para ofrecernos sus historias. Ese es el caso de Alfredo Cot.

Alfredo Cot (Valencia, 1948) inició su actividad como diseñador de interiores a la temprana edad de veintiún años, actividad en la que ha desarrollado una sólida carrera que le ha llevado a cosechar grandes éxitos. Su vocación de escritor comenzó en la edad madura, motivada por el afán de conservar las memorias de su familia. Aunque es autor de varias novelas inéditas no es hasta 2007 cuando se suma a las nuevas tecnologías y decide abrir un blog, La plaza del Diamante, en el que ha publicado más de doscientos cincuenta relatos. Desde entonces hasta la fecha su nombre ha comenzado a sonar en diversos certámenes literarios (Alcázar de San Juan, Aste Nagusia de Bilbao, San Fermín en Pamplona o Harvey Milk en Gandía). En 2016, dos de sus cuentos resultan seleccionados  para formar parte de la obra El tiempo y la vida, colectivo Valencia Escribe. Abecedario de flores (ed. Cuestión de Belleza, Ourense), su opera prima, sigue la línea trazada en estos relatos y recoge la intuición, la delicadeza, el equilibrio y ese sentido de la estética que ya vienen formando parte de la “marca Cot”.

Conocí a Alfredo hace poco más de un año. Nuestro encuentro tuvo lugar en la décima edición del taller de escritura creativa que se viene celebrando periódicamente en el museo L’Iber, de Valencia. Al margen de cualquier valoración sobre si los talleres literarios ayudan o no a mejorar nuestra forma de escribir, lo cierto es que constituyen una grata experiencia, muy recomendable, puesto que fomentan el acercamiento entre personas que tienen intereses y sensibilidades comunes. Mi brevísimo paso por el Museo de los soldaditos de plomo durante algunas tardes de mayo de 2015 me permitió descubrir a Alfredo Cot, una persona que acumula experiencias vitales tan poco comunes que a buen seguro podrían novelarse.

Antes de comenzar con el examen crítico sobre Abecedario de flores me gustaría citar dos párrafos seleccionados de un libro que casi todos hemos leído alguna vez, El principito (1943):

“No se debe nunca escuchar a las flores. Solo se las debe contemplar y oler. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no era capaz de alegrarme de ello.”

“¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡Me perfumaba y me iluminaba la vida! ¡No debí haber huido jamás! ¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla”.

Al igual que Saint d’Exupéry, Cot también expresa su propio desconcierto frente a las flores y se pregunta al inicio de su obra (p.13), no sin una pizca de impotencia, por el misterio de su lenguaje.

“¿Qué dicen, qué gritan, qué insinúan las flores?

El autor se responde de inmediato:

Dicen en voz baja, gritan en plural e insinúan con la única intención de conquistar”. 

Estas palabras denotan la dificultad que supone el acercamiento al mundo floral y el temor ante el peligro de quedar expuesto, atrapado. Las flores tienen su propio lenguaje, un lenguaje que muy pocos pueden descifrar. Las flores son capaces de suscitar en nosotros emociones sutilmente intensas, son la expresión de un sentimiento nunca exento de un toque de nostalgia pues, más allá de su belleza, intuimos su fragilidad – desde el principio las sabemos condenadas a un final prematuro y trágico-. Solo un espíritu sensible, exento de prejuicios, puede llegar hasta el núcleo de una simple flor, hablar su lenguaje para luego traerlo de vuelta a través de la palabra. Únicamente aquel que, como Orfeo, tenga alma de poeta podrá cruzar la línea que nos separa de la belleza para intentar aprehender el hechizo de lo efímero. Ese es, a nuestro juicio, el propósito fundamental de Abecedario de flores, capturar el lenguaje floral, asociarlo a emociones y a los sucesos que suscitan esas mismas emociones para hacerlo regresar y ofrecerlo al lector a modo de descubrimiento.

Para abordar la titánica tarea de traducir  de manera inteligible el lenguaje floral no hay más camino que recurrir a la poesía. La poesía proporciona placer estético pero también es la llave de acceso a un conocimiento mucho más profundo. La poesía se nutre de metáforas, que se van construyendo a través de una adjetivación precisa y adecuada. De hecho, todo el libro de Cot se concibe como un enorme poema expresado a través de una gran metáfora. De ahí las palabras de Andrés Amat, autor del blog Vanidad de Vanidades, impresas en  las portadillas: “más que una narración figurativa, un abstracto poema en prosa que pide ser leído apelando a los cinco sentidos pero entremezclados en iluminadora sinestesia: viendo los olores, oliendo los sonidos, oyendo los colores, saboreando las texturas, palpando los sabores de ese sensual y delicado abecedario de flores”. El lenguaje poético permite a Cot construir una sucesión de imágenes que de la A a la Z son capaces de activar nuestra sensibilidad. Desde esta perspectiva Abecedario podría calificarse como una obra “kinestésica”: solo podemos comprenderla a través de las sensaciones que suscita en el lector.

Abecedario de flores, tal y como expresa su título, se estructura en veintisiete relatos ordenados de manera alfabética y en apariencia independientes entre sí. Decimos en apariencia porque el hilo conductor es la voz del narrador que, al mismo tiempo que penetra en el universo floral, realiza un auténtico viaje interior en el que va escribiendo la partitura floral que compone su propia vida; un viaje que se inicia en el Prefacio (El paraguas que quiso ser flor) y culmina en la Z, representada por la flor Zinnia, “la última flor, el último pasajero encontrado al final del viaje” (p.96).

Tras los relatos se adivina al autor, sus emociones -placer, nostalgia, cautela, impaciencia,…- y sus experiencias, como su estancia en África (Amarilis o en Orquidea),  sus paseos por Montmartre o por las costas del Mediterráneo. El narrador/ viajero se torna por momentos artista, a veces él mismo se transforma en flor ( Girasol).

La pasión por la música y por la mitología se revela en relatos como Camelia (p.21), con las referencias a La Traviata de Verdi y las alusiones a Venus  y Cupido.

El sol y la lluvia adquieren un protagonismo especial, como no podía ser de otro modo cuando se habla de seres que se nutren de la tierra.

A tenor de lo expuesto ya apreciamos que Abecedario de flores es una obra no exenta de originalidad, tanto estructural como literariamente hablando. El escritor prescinde de ganchos, de artificios, de recursos literarios impostados, incluso en diversas ocasiones se atreve a transgredir las reglas. Así sucede con los cambios en la voz narrativa o con la ruptura del tiempo, que se expresa casi siempre en presente pero que a veces retrocede o se adelanta, como sucede en Yucca, el mejor de los relatos desde nuestro punto de vista. Estos giros, estos cambios del tempus narrativo, introducen en su obra un aire de frescura digno de ser agradecido. Como ya tuvimos ocasión de expresar en otra sede, el reto del escritor actual es justamente ese, conocer las reglas para atreverse a romperlas, desaprender, trabajar sin un plan preconcebido estricto para dejar que fluya lo creativo, todo ello con el objeto no ya de inventar sino de reconocer, levantar el velo de lo que está oculto para acceder a la verdad que nos muestra el espejo de la página en blanco. Asumir este reto se convierte en un desafío de gran magnitud para el escritor de nuestros días, asfixiado por la imposición de patrones desde el mundo académico, por los requerimientos del mundo editorial y de las agencias literarias, por los cambios en la escritura derivados de la primacía de lo digital o el apresuramiento propio de la vida moderna, que lleva al escritor a trabajar a un ritmo que resta espontaneidad a su obra –la creatividad es un proceso que requiere de un tiempo justo, no se debería forzar-.

Un último consejo para el lector que se aproxima a Abecedario de flores. No se priven de abordar cada una de las entradas de esta obra sin preparar previamente el escenario. No eludan introducirse en los dominios de la Dama de la Noche (p.23) sin escuchar al mismo tiempo el aria de Mozart Der Hölle Rache (La flauta mágica), de saborear una copa de fresas mientras sus ojos se detienen en las palabras  o de sentir en la garganta las burbujas chispeantes del champagne verdiano. No eviten experimentar el sabor agridulce de una salsa japonesa mientras conocen la Echinopsis (p.27) o de notar el caramelo de algodón deshaciéndose en su boca mientras intentan acercarse a  la flor Impatiens (p.37). La experiencia estética puede ser inigualable -eso se lo garantizo-.

Y una vez que lleguen a la zeta estarán en condiciones de saber algo más sobre las flores, de comprender su lenguaje, de excusar sus contradicciones, incluso de aceptar el daño que a veces nos infligen porque, como escribe Cot, “sólo ellas, las flores, convierten el tiempo y el silencio en oro. En su piel se consume el agua que la lluvia le regala y siempre, de cara al viento, solemne, nos confiesa su secreto” (p.97).

No volveremos a contemplar del mismo modo una orquídea, una yucca gloriosa, una zinnia, un tulipán, una flor de almendro, una acacia o una violeta después de haber leído la exquisita obra que es  Abecedario de flores. Sabrán también, si no lo saben aún, qué significa recibir como regalo 999 rosas (p. 71).

Para aquellos que tras la lectura se atrevan a ir un paso más allá y se pregunten no solo por el lenguaje de las flores sino también por su sabor, unas cuantas pistas en un índice de reminiscencias musicales (Andante Spianato) en el que el autor describe con delicadeza la esencia de cada flor. Así, “el Narciso sabe a amigo íntimo, entrañable, siempre nos acompaña.  La Rosa a texto escrito con pluma de pavo real, tinta roja, siempre roja porque es la flor con la que decimos “te quiero”. La Xolantha a rocío matutino, pellizco en el pecho, poesía tempranera. El Amarilis a pasión fatal, a peligro, a helado de limón orgulloso”.

Comprendido su lenguaje, experimentado su sabor, podremos elegir la flor de nuestros desvelos. La mía sería la Fucsia, que nos trae el sabor del beso que siempre y, cada vez, será el primero; pero si tuviera que escoger una flor para regalar elegiría la Strelitizia, un Ave del paraíso para poder ofrecer a la vez estas hermosas palabras que son las de Alfredo: “hoy, en el corazón de la montaña he compartido la ilusión con hombres de toda condición y color. Un gran espacio para la tolerancia que algunos creemos utópica y que aquí se hace realidad. Como en el Ave del Paraíso el espacio creado dentro de ella no es visible desde fuera, pero los hombres que penetren en su corazón verán la luz del sol y de la luna, dentro de una montaña volcada al mar y, entonces, la tolerancia surgirá desde la cruda piel de la “traquita” de color gris marrón claro. El aire quedará desnudo al tacto y a la vista quedando en la vaina que lo envuelve un vacío como el que deja la flor en su floración…” (p.74).

Concluyo mis reflexiones sobre Abecedario de Flores con una cita de Platón que corresponde al Banquete, su obra más conocida: “si hay algo por lo que vale la pena vivir, es por contemplar la Belleza”.

Las flores, que Cot califica como reinas, princesas o  musas, esposas del sol o novias de la luna, nos acercan a la Belleza, que para Platón no equivale a placer sensual, es decir, placer que complace a los sentidos, sino que es inclusivo de todo aquello que suscita aprobación, admiración, fascinación o agrada en cualesquiera de sus formas. Por eso para Platón el Amor no se diferencia de la Belleza, idea que suscribimos todos aquellos que hemos estado o estamos enamorados. Y eso es de lo que hablan las flores, de Belleza y  Amor. A veces tiernas, a veces apasionadas, a veces hirientes, incluso crueles, ellas son las depositarias, las guardianas de los secretos  del Amor en todos sus matices; de los secretos del Amor y también del misterio de la Muerte. Porque el Amor se purifica y se hace eterno en la Muerte, como bien saben las flores, como bien expresa el Liebestod de Tristán e Isolda, el aria final de la ópera de Wagner.

*Siguiendo a Espejo Muriel, C. (1991), El Aedo Homérico, UGR,  Florentia Iliberritana 2,  161-170.

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