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Nací hace poco más de tres años, más o menos a mediados de mayo. En mi primera vida fui estudiante, investigadora, abogada, profesora, hija, madre y mujer. Mi frase favorita en aquellos tiempos: llego tarde. Ahora, como niña que soy, he descubierto que no necesito correr para alcanzar. Siento una gran curiosidad por el mundo que me rodea y tengo muchas ganas de aprender, también a vivir. Dicen los que me conocen que soy inquieta, un poco hiperactiva. Me apasionan el deporte, los libros, los niños y los ancianos, las tardes de lluvia y dormir para soñar. Una parte de mi tiempo actual la dedico a la investigación, a las causas justas y a la mediación de conflictos; la otra, a tejer historias.

Cot, Alfredo (2016) ABECEDARIO DE FLORES, ed. Cuestión de Belleza

Comentarios críticos a Cot, Alfredo (2016) ABECEDARIO DE FLORES, ed. Cuestión de Belleza

Alicia García-Herrera

 

Dicen que el don de crear historias y de contarlas bien es algo reservado únicamente a unos cuantos elegidos.  En la Grecia arcaica a esos elegidos, a los que la tradición considera ciegos, se les llamaba aedos, portavoces de la divinidad que, auxiliados por las Musas, expresaban mediante el canto los hechos gloriosos del pasado *. En la época actual solemos llamarles escritores, si bien eso implica olvidar la diferencia, en absoluto sutil, entre escritores,  contadores de historias  y poetas.

El reciente fenómeno de la proliferación de escritores, oficio en vías de transformación (¿extinción?) como consecuencia de la revolución digital, nos indica que quizá ha llegado el momento de volver un poco a los orígenes, recuperar también a los contadores de historias y a los poetas.

Porque el arte de contar no decaerá jamás mientras haya una historia digna de ser contada, mientras haya gente que desee reunirse en torno a una hoguera bajo la luz tenue de las estrellas dispuesta a escuchar, como tampoco decaerá la poseía, una de las vías para acceder a la sabiduría y a la Belleza. Es de celebrar, por estas razones, que hoy día haya aún escritores analógicos que se atrevan a recorrer el camino a la inversa, de dentro  afuera, para ofrecernos sus historias. Ese es el caso de Alfredo Cot.

Alfredo Cot (Valencia, 1948) inició su actividad como diseñador de interiores a la temprana edad de veintiún años, actividad en la que ha desarrollado una sólida carrera que le ha llevado a cosechar grandes éxitos. Su vocación de escritor comenzó en la edad madura, motivada por el afán de conservar las memorias de su familia. Aunque es autor de varias novelas inéditas no es hasta 2007 cuando se suma a las nuevas tecnologías y decide abrir un blog, La plaza del Diamante, en el que ha publicado más de doscientos cincuenta relatos. Desde entonces hasta la fecha su nombre ha comenzado a sonar en diversos certámenes literarios (Alcázar de San Juan, Aste Nagusia de Bilbao, San Fermín en Pamplona o Harvey Milk en Gandía). En 2016, dos de sus cuentos resultan seleccionados  para formar parte de la obra El tiempo y la vida, colectivo Valencia Escribe. Abecedario de flores (ed. Cuestión de Belleza, Ourense), su opera prima, sigue la línea trazada en estos relatos y recoge la intuición, la delicadeza, el equilibrio y ese sentido de la estética que ya vienen formando parte de la “marca Cot”.

Conocí a Alfredo hace poco más de un año. Nuestro encuentro tuvo lugar en la décima edición del taller de escritura creativa que se viene celebrando periódicamente en el museo L’Iber, de Valencia. Al margen de cualquier valoración sobre si los talleres literarios ayudan o no a mejorar nuestra forma de escribir, lo cierto es que constituyen una grata experiencia, muy recomendable, puesto que fomentan el acercamiento entre personas que tienen intereses y sensibilidades comunes. Mi brevísimo paso por el Museo de los soldaditos de plomo durante algunas tardes de mayo de 2015 me permitió descubrir a Alfredo Cot, una persona que acumula experiencias vitales tan poco comunes que a buen seguro podrían novelarse.

Antes de comenzar con el examen crítico sobre Abecedario de flores me gustaría citar dos párrafos seleccionados de un libro que casi todos hemos leído alguna vez, El principito (1943):

“No se debe nunca escuchar a las flores. Solo se las debe contemplar y oler. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no era capaz de alegrarme de ello.”

“¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡Me perfumaba y me iluminaba la vida! ¡No debí haber huido jamás! ¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla”.

Al igual que Saint d’Exupéry, Cot también expresa su propio desconcierto frente a las flores y se pregunta al inicio de su obra (p.13), no sin una pizca de impotencia, por el misterio de su lenguaje.

“¿Qué dicen, qué gritan, qué insinúan las flores?

El autor se responde de inmediato:

Dicen en voz baja, gritan en plural e insinúan con la única intención de conquistar”. 

Estas palabras denotan la dificultad que supone el acercamiento al mundo floral y el temor ante el peligro de quedar expuesto, atrapado. Las flores tienen su propio lenguaje, un lenguaje que muy pocos pueden descifrar. Las flores son capaces de suscitar en nosotros emociones sutilmente intensas, son la expresión de un sentimiento nunca exento de un toque de nostalgia pues, más allá de su belleza, intuimos su fragilidad – desde el principio las sabemos condenadas a un final prematuro y trágico-. Solo un espíritu sensible, exento de prejuicios, puede llegar hasta el núcleo de una simple flor, hablar su lenguaje para luego traerlo de vuelta a través de la palabra. Únicamente aquel que, como Orfeo, tenga alma de poeta podrá cruzar la línea que nos separa de la belleza para intentar aprehender el hechizo de lo efímero. Ese es, a nuestro juicio, el propósito fundamental de Abecedario de flores, capturar el lenguaje floral, asociarlo a emociones y a los sucesos que suscitan esas mismas emociones para hacerlo regresar y ofrecerlo al lector a modo de descubrimiento.

Para abordar la titánica tarea de traducir  de manera inteligible el lenguaje floral no hay más camino que recurrir a la poesía. La poesía proporciona placer estético pero también es la llave de acceso a un conocimiento mucho más profundo. La poesía se nutre de metáforas, que se van construyendo a través de una adjetivación precisa y adecuada. De hecho, todo el libro de Cot se concibe como un enorme poema expresado a través de una gran metáfora. De ahí las palabras de Andrés Amat, autor del blog Vanidad de Vanidades, impresas en  las portadillas: “más que una narración figurativa, un abstracto poema en prosa que pide ser leído apelando a los cinco sentidos pero entremezclados en iluminadora sinestesia: viendo los olores, oliendo los sonidos, oyendo los colores, saboreando las texturas, palpando los sabores de ese sensual y delicado abecedario de flores”. El lenguaje poético permite a Cot construir una sucesión de imágenes que de la A a la Z son capaces de activar nuestra sensibilidad. Desde esta perspectiva Abecedario podría calificarse como una obra “kinestésica”: solo podemos comprenderla a través de las sensaciones que suscita en el lector.

Abecedario de flores, tal y como expresa su título, se estructura en veintisiete relatos ordenados de manera alfabética y en apariencia independientes entre sí. Decimos en apariencia porque el hilo conductor es la voz del narrador que, al mismo tiempo que penetra en el universo floral, realiza un auténtico viaje interior en el que va escribiendo la partitura floral que compone su propia vida; un viaje que se inicia en el Prefacio (El paraguas que quiso ser flor) y culmina en la Z, representada por la flor Zinnia, “la última flor, el último pasajero encontrado al final del viaje” (p.96).

Tras los relatos se adivina al autor, sus emociones -placer, nostalgia, cautela, impaciencia,…- y sus experiencias, como su estancia en África (Amarilis o en Orquidea),  sus paseos por Montmartre o por las costas del Mediterráneo. El narrador/ viajero se torna por momentos artista, a veces él mismo se transforma en flor ( Girasol).

La pasión por la música y por la mitología se revela en relatos como Camelia (p.21), con las referencias a La Traviata de Verdi y las alusiones a Venus  y Cupido.

El sol y la lluvia adquieren un protagonismo especial, como no podía ser de otro modo cuando se habla de seres que se nutren de la tierra.

A tenor de lo expuesto ya apreciamos que Abecedario de flores es una obra no exenta de originalidad, tanto estructural como literariamente hablando. El escritor prescinde de ganchos, de artificios, de recursos literarios impostados, incluso en diversas ocasiones se atreve a transgredir las reglas. Así sucede con los cambios en la voz narrativa o con la ruptura del tiempo, que se expresa casi siempre en presente pero que a veces retrocede o se adelanta, como sucede en Yucca, el mejor de los relatos desde nuestro punto de vista. Estos giros, estos cambios del tempus narrativo, introducen en su obra un aire de frescura digno de ser agradecido. Como ya tuvimos ocasión de expresar en otra sede, el reto del escritor actual es justamente ese, conocer las reglas para atreverse a romperlas, desaprender, trabajar sin un plan preconcebido estricto para dejar que fluya lo creativo, todo ello con el objeto no ya de inventar sino de reconocer, levantar el velo de lo que está oculto para acceder a la verdad que nos muestra el espejo de la página en blanco. Asumir este reto se convierte en un desafío de gran magnitud para el escritor de nuestros días, asfixiado por la imposición de patrones desde el mundo académico, por los requerimientos del mundo editorial y de las agencias literarias, por los cambios en la escritura derivados de la primacía de lo digital o el apresuramiento propio de la vida moderna, que lleva al escritor a trabajar a un ritmo que resta espontaneidad a su obra –la creatividad es un proceso que requiere de un tiempo justo, no se debería forzar-.

Un último consejo para el lector que se aproxima a Abecedario de flores. No se priven de abordar cada una de las entradas de esta obra sin preparar previamente el escenario. No eludan introducirse en los dominios de la Dama de la Noche (p.23) sin escuchar al mismo tiempo el aria de Mozart Der Hölle Rache (La flauta mágica), de saborear una copa de fresas mientras sus ojos se detienen en las palabras  o de sentir en la garganta las burbujas chispeantes del champagne verdiano. No eviten experimentar el sabor agridulce de una salsa japonesa mientras conocen la Echinopsis (p.27) o de notar el caramelo de algodón deshaciéndose en su boca mientras intentan acercarse a  la flor Impatiens (p.37). La experiencia estética puede ser inigualable -eso se lo garantizo-.

Y una vez que lleguen a la zeta estarán en condiciones de saber algo más sobre las flores, de comprender su lenguaje, de excusar sus contradicciones, incluso de aceptar el daño que a veces nos infligen porque, como escribe Cot, “sólo ellas, las flores, convierten el tiempo y el silencio en oro. En su piel se consume el agua que la lluvia le regala y siempre, de cara al viento, solemne, nos confiesa su secreto” (p.97).

No volveremos a contemplar del mismo modo una orquídea, una yucca gloriosa, una zinnia, un tulipán, una flor de almendro, una acacia o una violeta después de haber leído la exquisita obra que es  Abecedario de flores. Sabrán también, si no lo saben aún, qué significa recibir como regalo 999 rosas (p. 71).

Para aquellos que tras la lectura se atrevan a ir un paso más allá y se pregunten no solo por el lenguaje de las flores sino también por su sabor, unas cuantas pistas en un índice de reminiscencias musicales (Andante Spianato) en el que el autor describe con delicadeza la esencia de cada flor. Así, “el Narciso sabe a amigo íntimo, entrañable, siempre nos acompaña.  La Rosa a texto escrito con pluma de pavo real, tinta roja, siempre roja porque es la flor con la que decimos “te quiero”. La Xolantha a rocío matutino, pellizco en el pecho, poesía tempranera. El Amarilis a pasión fatal, a peligro, a helado de limón orgulloso”.

Comprendido su lenguaje, experimentado su sabor, podremos elegir la flor de nuestros desvelos. La mía sería la Fucsia, que nos trae el sabor del beso que siempre y, cada vez, será el primero; pero si tuviera que escoger una flor para regalar elegiría la Strelitizia, un Ave del paraíso para poder ofrecer a la vez estas hermosas palabras que son las de Alfredo: “hoy, en el corazón de la montaña he compartido la ilusión con hombres de toda condición y color. Un gran espacio para la tolerancia que algunos creemos utópica y que aquí se hace realidad. Como en el Ave del Paraíso el espacio creado dentro de ella no es visible desde fuera, pero los hombres que penetren en su corazón verán la luz del sol y de la luna, dentro de una montaña volcada al mar y, entonces, la tolerancia surgirá desde la cruda piel de la “traquita” de color gris marrón claro. El aire quedará desnudo al tacto y a la vista quedando en la vaina que lo envuelve un vacío como el que deja la flor en su floración…” (p.74).

Concluyo mis reflexiones sobre Abecedario de Flores con una cita de Platón que corresponde al Banquete, su obra más conocida: “si hay algo por lo que vale la pena vivir, es por contemplar la Belleza”.

Las flores, que Cot califica como reinas, princesas o  musas, esposas del sol o novias de la luna, nos acercan a la Belleza, que para Platón no equivale a placer sensual, es decir, placer que complace a los sentidos, sino que es inclusivo de todo aquello que suscita aprobación, admiración, fascinación o agrada en cualesquiera de sus formas. Por eso para Platón el Amor no se diferencia de la Belleza, idea que suscribimos todos aquellos que hemos estado o estamos enamorados. Y eso es de lo que hablan las flores, de Belleza y  Amor. A veces tiernas, a veces apasionadas, a veces hirientes, incluso crueles, ellas son las depositarias, las guardianas de los secretos  del Amor en todos sus matices; de los secretos del Amor y también del misterio de la Muerte. Porque el Amor se purifica y se hace eterno en la Muerte, como bien saben las flores, como bien expresa el Liebestod de Tristán e Isolda, el aria final de la ópera de Wagner.

*Siguiendo a Espejo Muriel, C. (1991), El Aedo Homérico, UGR,  Florentia Iliberritana 2,  161-170.

ACUARIO CON PECES ROJOS, CARMEN DE LA ROSA, ED. ANANTES, 2016

 

Mi reseña sobre DE LA ROSA, C., Acuario con Peces Rojos, editorial Anantes, abril 2016.

Durante las últimas décadas hemos asistido a un proceso de cambio vertiginoso en el sector de las telecomunicaciones, resultado de la innovación tecnológica. 1969 marcó un hito no sólo por la llegada del hombre a la luna sino por constituir el momento histórico en que se sientan las bases para el nacimiento del fenómeno Internet. Aunque aún estamos muy lejos del nuevo orden social que pronosticara Masuda, Computopía, Internet ha transformado sin duda alguna las estructuras y las relaciones sociales. Las redes favorecen la comunicación humana y se han erigido en una excelente plataforma que permite canalizar nuevas formas de expresión, aproximando a los pueblos y a los individuos que los integran en un punto de encuentro común, el ciberespacio.

En este lugar he tenido la fortuna de tropezar con la escritora Carmen de la Rosa, una sevillana afincada en la actualidad en la bellísima ciudad de Heidelberg, ciudad a la que me unen algunos lazos –decir que antes que de aterrizar en Heidelberg, Carmen ha vivido en Sevilla, Almería, Madrid, Múnich, Hamburgo, Dusseldorf y Londres, todo ello sin contar sus múltiples viajes, en los que incluso ha llegado al desierto-. La gran generosidad de Carmen me permitió pasar a formar parte hace unos meses, recién estrenada mi cuenta de Facebook, de su lista de amigos, lo que me ha permitido descubrir retazos de su vida a través de la pantalla de mi note-book. Esto hecho me ha aproximado al conocimiento de una mujer absolutamente inclasificable. Inquieta, perfeccionista, apasionada, aventurera, creativa, Carmen se nos revela como una persona muy polifacética. Profesora de danza, piloto privado, chef, viajera, periodista, blogger, empresaria, escritora de cuentos infantiles y de novela, decoradora, son algunas de las facetas en las que Carmen destaca. Esas actividades se solapan con otra faceta más personal en la que también ha cosechado grandes éxitos, su desarrollo como mujer, madre y abuela de trillizos. Sobresale asimismo Carmen de la Rosa en su amor por la estética, el arte y la cultura y por su compromiso con los más desvalidos, expresado en su vinculación a proyectos de difusión de la lectura, como el Proyecto Weeble, y a diversas ONG que actúan en África y en Afganistán. Carmen colabora también en el blog de literatura infantil-juvenil de sus nietos trillizos La Biblioteca de Miss McHaggis, dirigida y coordinada por su hija Patricia Castillo.

Además de tener los títulos de profesora de danza española, la licencia de piloto privado y de haber estudiado gastronomía en Le Cordon Bleu de Londres, Carmen de la Rosa es Licenciada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó asimismo dos años de doctorado y un curso de relaciones internacionales en el Instituto Ortega y Gasset de Madrid. Es autora de novelas como El Almizar (Almuzara), El inglés de Serón (Círculo Rojo), La Carta de Lucrecia (Anantes), Amapola 15 (Círculo Rojo). Es autora asimismo de 25 relatos inéditos y diversos cuentos infantiles como “¡Arre, burro, arre!” (2013), un cuento solidario presentado en la Fundación Zenobia- Juan Ramón, de Moguer, en el Año de Platero.

En Acuario con peces rojos (Anantes, 2016), 166 págs., Carmen nos ofrece a través de una prosa chispeante y fluida el retrato de la familia Ortiz-Peñarroya, un retrato en el que se fusionan el presente y el pasado, la España actual, sacudida por la crisis, y el México de las décadas centrales del siglo XX, sin olvidar un territorio clave en el exilio español, Argelès-sur-Mer y Burdeos.

La novela arranca con un misterio del que es testigo la protagonista, Lupe Ortiz, anticuaria y marchante de arte. Se trata de la desaparición en 1981, durante la travesía del Américo Vespucio, de sus tías Olvido y Miranda, propietarias de un valioso cuadro de Matisse que ha permanecido durante generaciones en el seno de la familia (Acuario con peces rojos). El cuadro se convierte en el testigo mudo de una historia que arranca en los albores del siglo XX, con la luna de miel en París de los Ortiz-Peñarroya; continúa con las vivencias de sus hijos, exiliados en México, vivencias salpicadas por el infortunio, las alegrías y las tristezas, donde se mezclan las pasiones más altas y las más bajas, hasta llegar a un presente, en el que Lupe, obligada a guardar reposo a causa de una enfermedad, va desentrañando la urdimbre de la historia familiar a través de la lectura de las cartas de sus tíos. Las conversaciones con su hija Vita, estudiante de Textiles y Tejidos Antiguos que vive en Madrid con su abuela mexicana, trasladan esa historia al lector. Una serie de acontecimientos insólitos precipitará la historia para resolver el misterio, que nos cogerá por sorpresa con un final digno del género negro.

A pesar de que el drama se erige en el catalizador de la historia, con el fusilamiento de D. Alberto Ortiz, catedrático de Derecho Público de la Universidad de Granada, durante la guerra, la muerte de su mujer en Francia y el exilio de sus hijos en México, no puede afirmarse que Acuario con peces rojos sea una novela que se detenga exclusivamente en la tragedia o se recree en ella. Al contrario, aunque el drama se refleja en toda su crudeza en las páginas de Acuario, la capacidad de resiliencia de los Ortiz se revela extraordinaria. A los Ortiz, familia original donde las haya, no hay nada que los detenga, ningún infortunio ni ninguna desgracia ocasional. Su capacidad de pasar de puntillas sobre las miserias humanas y de continuar hacia delante en busca de nuevos horizontes resulta fuera de lo común. En ese viaje sin mirar atrás hay un recurso que resulta clave: el sentido del humor del que hace gala la autora y que suscita en más de una ocasión nuestra sonrisa más amable.

Carmen nos ofrece unos personajes ricos en matices. Entre la abundancia de personajes que la autora construye y que reflejan con detalle la genealogía de la familia, destaca sobre todo el de la abuela mexicana, personaje apasionado, obstinado, excéntrico pero que desempeñará un papel clave en la resolución del misterio que constituye el leitmotiv de la obra.

Los temas que Carmen aborda en su novela son muy diversos. Junto al tema del exilio obligatorio, tema de moda en la actualidad a causa de la gravísima crisis humanitaria que ha generado la situación en Siria, se aborda el problema del crack de las hipotecas y el de los espejismos ligados al negocio del arte. Un tema secundario pero en absoluto baladí es el contacto en las redes sociales, donde la autora nos lanza una advertencia. En las redes, como en la vida, nada es lo que parece. Las redes a veces pueden causar nuestra desgracia pero también el mayor de los placeres, como es el de facilitar el encuentro de las personas afines. Los hilos tecnológicos se ponen en esta ocasión al servicio de ese destino tejido por las Moiras que, desde nuestra humilde condición de mortales, juzgamos a veces como caprichoso.

El tratamiento del tiempo en Acuario no es lineal –el tiempo tampoco lo es-, lo que permite al lector mantener fija la atención durante toda la novela, hasta que se resuelve finalmente el misterio de la desaparición de las hermanas. Esto puede suponer un cierto problema para el lector apresurado, de ahí que resulte recomendable entender que la historia se mueve cronológicamente en un doble plano en el que el tiempo no avanza de forma simultánea, porque mientras en el presente la historia transcurre en pocos meses, el pasado comprende varias décadas del siglo XX.

Un aspecto destacable en la novela es el de las cartas que se introducen en la trama y que proporcionan emotividad a la obra. Las cartas hoy día son un instrumento anacrónico, sustituidas como están por los whatsapp, los e-mail, o lo mensajes de voz. Las cartas de Acuario están escritas con una prosa cuidada y bella,  casi poética, prosa que nos transporta a los años cuarenta del pasado siglo, a una década investida de un halo mágico y glamouroso pese a ser una de las más cruentas en la historia de la humanidad.

Lectura por tanto que resulta recomendable no sólo como entretenimiento sino como propuesta para reflexionar sobre uno de los temas que más ha de preocuparnos hoy día, la condición humana. Desde esta plataforma, enviamos a Carmen nuestros mejores deseos para la presentación de su novela, que tendrá lugar en Sevilla el próximo día 12 de mayo, y que será sin duda una fiesta para la cultura. Nuestra felicitación también tanto por su nueva obra como por su aniversario, que la autora celebra hoy, 17 de abril, y que esperamos sea muy feliz.

 

 

SASTRE, R., SUEÑOS Y DESATINOS (2015), ACFV editorial

CIENCIAS VERSUS LETRAS: RAFAEL SASTRE y SUEÑOS Y DESATINOS (2015), ACFV editorial, Madrid, relata,151 páginas.

Alicia García Herrera

 

La reforma de la Universidad Española a mediados del siglo XIX estableció la diferencia entre las ramas de ciencias y las ramas de letras. Los primeros pasos tendentes a esta dicotomía se dieron entre 1842 y 1843, con la reestructuración de los estudios de Derecho y Filosofía y la unificación en una sola facultad de las disciplinas de Medicina- Farmacia. Las restantes materias que no correspondían a estas ramas del conocimiento se aglutinaron en la Facultad de Filosofía. Más tarde, en 1857, con la Ley Moyano, una de las más importantes en la historia de la educación española, nace la Facultad de Ciencias, diferenciándose de la de Filosofía y Letras. En esta fecha el bachillerato se separa definitivamente de la Universidad y pasa a estudiarse en los institutos.

letras

El divorcio epistemológico entre las ramas de ciencias y letras se superpone históricamente a la llegada a España de los primeros ecos de la Revolución industrial. La Universidad como foco de cultura no puede sino reflejar los cambios sociales e incluso debiera constituirse, y de hecho ha sido así tradicionalmente, en su principal adalid, todo ello sin perjuicio de garantizar el acceso, la calidad la equidad y el aprendizaje a lo largo de toda la vida (v. 37ª reunión Conferencia General de la Unesco, que establece estos objetivos para 2014/2021). La mayor necesidad de especialización, resultado de la innovación tecnológica, de las invenciones y las necesidades derivadas de industrialización paulatina, con la división del trabajo, propician durante el siglo XIX un auge de las disciplinas ubicadas en el ámbito de las ciencias, que comienzan a adquirir un prestigio creciente a causa de su mayor utilidad en aras al ansiado progreso. En el siglo XX la especialización se extiende también a la enseñanza secundaria, de modo que en 1953 el Bachillerato Unificado Polivalente se desgaja en las ramas de ciencias y de letras. En la actualidad la tendencia a valorar la especialización frente a la universalidad del conocimiento no ha hecho sino acentuarse, como acreditan los cambios normativos en la LOMCE, generadores de una fuerte polémica social en pro de la defensa de las humanidades –como exponente, recordemos los últimos Premios Princesa de Asturias, con el discurso de Emilio Lledó, a quien me unen de forma indirecta ciertos lazos de afecto a través de una de sus antiguas alumnas (Platero para D. Emilio, por pequeña y suave) -.

Las limitaciones recientes en la oferta educativa oficial acerca de aquellas disciplinas consideradas poco útiles encuentran su razón de ser en el proceso de cambio de las estructuras sociales. El auge de la tecnología ha permitido indudables mejoras en nuestra calidad de vida. En el ámbito de la comunicación la innovación tecnológica, con la reducción de componentes, ha permitido una auténtica revolución digital -1969 marcó un hito no sólo por la llegada del hombre a la luna sino por constituir el momento histórico en que surgen las bases que permiten el nacimiento del fenómeno Internet-. Las TIC (tecnologías de la información y la comunicación) han permitido sociológicamente el paso de la sociedad post-moderna a una sociedad en red, como afirma Castells [1], que impone nuevos requerimientos. Los avances en biotecnología ofrecen un horizonte inabarcable. En este proceso las humanidades se han ido sacrificando del ámbito del conocimiento, olvidando que son las humanidades, pese a su aparente “inutilidad”, lo que nos hace ser verdaderamente humanos y que todo exceso de especialización tiene sus riesgos, como ya advirtiera Charles Chaplin en su película Tiempos modernos.

Las figuras del soldado-poeta de que nos hablara Cervantes en su famoso discurso de las Armas y las Letras (El Quijote, (1605), capítulo XXXVIII, primera parte), del científico o del médico literato (desde Ctesias de CNido, San Lucas, pasando por Avicena hasta llegar nuestro amigo Francisco Javier Tostado), del abogado amante de la prosa y la poesía (Goethe, Balzac, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Tolstoi, Voltaire, Proust o Vargas Llosa y John Grisham) al del funcionario escritor, como el caso de Kafka o del propio Cervantes, nos hacen recordar que la cultura puede ser universal, aunando lo útil con aquello que enriquece el alma, creando sinergias que dan lugar a lo que Wilson ha llamado de forma acertada consiliencia [2]. Una gran cantera de escritores amigos responden a esa visión integradora. Cito, aun a riesgo de olvidar alguno, a Mariano Mandurga Sanz, Jefe de Servicio de Coordinación del SEFV, división de Farmacoepidemiología y Farmacovigilancia AEMPS , con la obra colectiva Hydra Verde (2015), que se presenta el día 19 de enero en el Ateneo de Madrid; Fernando Martínez López, químico, con Tu nombre en tinta de Café, ganador de diferentes galardones literarios; Antonio Garrido, profesor e ingeniero en la UPV, con su novela El último paraíso, que ha gozado de una amplia difusión ; Bruno Nievas, pediatra, con Lo que el hielo atrapa; Chema Lagarón, doctor en ciencia de polímeros, investigador, conferenciante y poeta con la Luz del Callejón; José Lapaz Romero, poeta y abogado y un largo etcétera. En esa visión integradora del conocimiento no podían faltar los expertos en economía. El conocimiento directo me lleva a afirmar que las Facultades de Economía españolas encierran en sus paredes grandes talentos y personas con una indudable vocación investigadora. La economía, aun siendo una disciplina de estudio relativamente novedosa, ha dado lugar en nuestro país al menos a un gran escritor, como es el caso del fallecido José Luis Sampedro. Su obra más entrañable, La sonrisa etrusca, se erige como un canto a la ternura que casa mal con la aridez aparente de los números. La crisis económica ha convertido a los economistas en los nuevos gurús del conocimiento, no sin una cierta razón. Al margen de Sampedro, una prueba fehaciente de la inclinación por los economistas y estudiosos del mundo de la empresa hacia el mundo de las letras lo constituye  Joaquim Camps. Su obra La última confidencia del escritor Hugo Mendoza, Planeta, 2015, ha sido un auténtico boom editorial -y sabemos de muy buena tinta que prepara nueva obra-.

En este maridaje aparentemente contradictorio entre ciencias y letras resulta de lo más sorprendente hallar un escritor ligado a uno de los sectores más alejados del mundo literario, los Bancos. Si la crisis ha concitado la atención del público en la economía también lo ha hecho sobre las entidades bancarias. Las ejecuciones hipotecas masivas, los escándalos de las preferentes, las tarjetas black, han contribuido a incrementar aún más si cabe la connotación negativa acerca las entidades bancarias y por extensión a las personas que trabajan en su seno. Tampoco la literatura nos ha dejado una buena opinión de los hombres de banca (El principito, A. de Saint Exupèry, capítulo XIII, el hombre que cuenta las estrellas).

principito

“El cuarto planeta estaba habitado por un hombre que sólo contaba números y ni siquiera saludó al Principito, su suma llegó a millones y el Principito le dijo pero millones de qué pero el hombre no le respondió y el Principito le siguió preguntando hasta que le dijo que contaba las estrellas y que eran suyas y las dejaba en un Banco…”

 

En este contexto Rafael Sastre Carpena, conocido como Rafa Sastre (Valencia, 1959), hombre adscrito en su vida profesional al mundo de las finanzas, se esfuerza en demostrar una vez más que la consiliencia es posible. La vocación narrativa de este nuevo escritor valenciano no resulta en absoluto reciente. Rafa Sastre ha colaborado habitualmente en diversas publicaciones digitales, como Falsaria, el Periódico La Verdad de Sahuayo de Morelos – México, Letralia, de Venezuela, La Esfera Cultural, El Relato del Mes y Ciencia, Filosofía y algo más, de Valencia (Venezuela). Asimismo impulsa y coordina la revista digital Valencia Escribe (http://valenciaescribe.blogspot.com.es/), proyecto nacido en diciembre de 2014 en el que conviven escritores profesionales con escritores noveles de poesía y relato corto. Esta iniciativa constituye una indudable plataforma de expresión. Recordemos que el derecho a comunicar vivencias, experiencias, creaciones, es un derecho considerado humano, como es una libertad fundamental la libertad de expresión.

El compromiso de Rafa con las causas sociales ha quedado reflejado en los libros colectivos: Bocados Sabrosos II (2012 – Editorial ACEN), Libro solidario; Bocados Sabrosos III (2013 – Editorial ACEN), Libro solidario; Revista literaria Falsaria – Cuarta Edición (Mayo 2013) y Séptima Edición (Junio 2014); Érase una vez un microcuento (2013 – Ed. Diversidad Literaria); Antología de realismo sucio – Homenaje a Bukowski (2013 – Editorial Artgerust); Generación Bibliocafé – Animales en su tinta (2013 – Editorial Jam); Certamen de Microcuentos Fantastic’s – La Parca de Venus y otros cuentos (2014 – Editorial Creamos talentos literarios). A estos trabajos cabe sumar“23 relatos sin fronteras” (2015) y “Relatos encapsulados”, realizado para el Congreso Nacional de Farmacia Hospitalaria de noviembre de 2015, obras colectivas editadas por Bibliocafé, con Mauro Guillén al frente.

Su primer libro en solitario llega en 2015 con Jazzasesinato, ACFV relata, una colección de relatos y microrrelatos ambientada en el mundo del cine negro. 2015 parece ser año “rafasastriano”, puesto que a estas obras cabe sumar Sueños y desatinos (2015), publicada al igual que Jazzasesinato por el sello ACFV. En proyecto, otros dos libros de Generación Bibliocafé: Relatos en Blanco y Negro, donde los autores construyen historias a partir de fotos antiguas de Valencia y otra obra solidaria-, sin título todavía, que saldrá a lo largo de 2016 y cuyos réditos se dedicarán a la Fundación que sostiene un geriátrico en San Antonio de Benagéber.

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Con SUEÑOS Y DESATINOS (2015), ACFV editorial, Madrid, colección relata, 151 páginas, el autor repite el sello editorial de su primera obra en solitario, ACFV. ACFV, es una editorial empeñada en rescatar obras literarias que, a pesar de su gran calidad narrativa, han tenido una repercusión menor a consecuencia de las condiciones del mercado, como una difusión inapropiada a causa de la eterna lucha entre editores y distribuidores. Esta editorial, que cuenta  con autores muy prometedores, como el argentino Guido Finzi, ha sido la elegida por el escritor valenciano para ver materializado su afán creativo.

Sueños y desatinos se articula como una colección de relatos y microrrelatos en la que el humor y la crítica se combinan en un cóctel que invita a reflexionar sobre complejidades del alma humana y las absurdidades de una sociedad profundamente materialista (véase, por ejemplo, La peste, donde se aúnan ambas). Se trata de pequeñas piezas que llegan al lector como un dardo, idóneas para este tiempo en el que la rapidez y las prisas inundan nuestras vidas.

Reiterando la estructura dicotómica de Jazzasesinato, la obra diferencia el mundo de los sueños, de lo que el autor califica como desatinos, los desaciertos, los errores de juicio que ocupan significativamente un mayor número de páginas. En esta obra, sin embargo, abandona el mundo del jazz y del cine negro para traernos un reflejo de lo cotidiano, de la realidad circundante a través de un lenguaje preciso y depurado. En este sentido no se diferencia de autores icónicos como Auster o Amos Oz, que también parten de la realidad en sus obras.

El mundo onírico que nos propone Rafa Sastre entreteje realidades con el mundo de los sueños, construyendo un universo de tintes borgianos donde el tiempo es relativo. La obra arranca con un microrrelato en el que con una sola línea y una capacidad de síntesis envidable, el autor recuerda la tenue frontera que separa lo animal, lo instintivo, de lo que se ha dado en llamar humano. La figura del perro humanizado no es ajena a la mejor literatura. Como ejemplos, sin ánimo de exhaustividad, sirvan Esopo, con sus Fábulas; Cervantes, con El coloquio de los perros; E.T Hoffman, autor germano, Las últimas noticias de la suerte del perro Berganza (1814) o más recientemente Paul Auster, con Timbuktú y su perro Mr. Bones, o incluso Fernando Delgado, profesor de nuestro y de Rafa, con Me llamo Lucas y no soy perro, por citar algunos ejemplos. Es un recurso al que el autor recurrirá en varias ocasiones, sobre todo en la segunda parte del libro (v. gr. El bucle, Fauna, Vendetta canina o Las desventuras del hombre con un perro llamado Beckenbauer). Siguen a continuación diversos relatos sobre sueños cumplidos, sueños solidarios (Un sueño para Ana), sueños rotos, sueños con tintes de pesadilla, sueños que invitan a seguir soñando porque no son sino un reflejo de una realidad monótona y asfixiante (El sueño eterno?). Entre ellos destaca por su originalidad Mi querido cadáver, un sueño que invita a tomar conciencia de lo que supone el hecho de estar vivos. El punto final a esta parte lo pone El trapecista insomne, un relato sobre el amor. Amar es tanto como saltar al vacío sin certezas. Sobre todos estos sueños predomina otro no expresado, el sueño de ver cumplido un sueño, el de escribir para ser leído.

Luego de los sueños, llegan los desatinos, las incongruencias aparentes de la vida. La crítica social (Murió joven) se alterna con la incitación a la risa, una risa que, como en Jazzasesinato, constituye la impronta personal del escritor.  La risa que suscitan los relatos de Sastre tiene la virtud de relativizar lo inevitable sin descuidar en su caso la tendencia a la denuncia social de la injusticia. En esta parte de la obra, pese a los desatinos y errores que cometemos en nuestro paso por la vida, el escritor se permite hacer ciertos guiños a lo onírico (El banquete, De todo lo visible e invisible), cogiendo desprevenido al lector. Detrás de los relatos, apenas esbozado, se observa el reflejo del escritor como en un juego de espejos. Con el autor, que tiene poco de omnisciente (El bucle, sobre las dificultades del proceso creativo), juegan los personajes, que en ocasiones se rebelan contra su creador (metaliteratura). La obra se cierra de nuevo con un microrrelato en la que Sastre vuelve de nuevo a introducir el elemento animal, al que se une un arquetipo femenino, la luna llena, para recordarnos la importancia de lo instintivo y del principio femenino, eminentemente creador.

Sueños y desatinos tiene, por tanto, el mérito no sólo de hacernos reír y reflexionar a un tiempo, en tanto nos recuerda la fugacidad de la vida y la necesidad de sobreponerse a las dificultades cotidianas para intentar arañar una pizca de felicidad (El experimento, Triste destino); todo ello sin olvidar nuestro compromiso de mejora, que ha de proyectarse sobre la realidad circundante.

Para terminar, parafraseando uno de los desatinos del autor, que no siempre son tales, en nuestra mano está llenar la página en blanco de nuestras vidas. Soñar, atreverse, experimentar, levantarse tras cada caída, reír, amar, dejarnos llevar, recuperar en suma nuestra parte más primitiva para ser felices y hacer más felices. Porque, a diferencia de las emociones, que son fugaces, la felicidad es un estado y también una opción.

fernando

Rafa Sastre, al fondo a la derecha, en el taller de escritura creativa de la UV, con F. Delgado (2015).

AGHerrera

 

 

 

[1] CASTELLS, M., (2009), Internet y la Sociedad Red, Lección inaugural del programa de doctorado sobre la sociedad de la información y del conocimiento, La factoría, nº 14-15, disponible en htpp://www.revistalafactorai.eu/articulo.php?id=185,

[2] (1998) Consilience, The Unity of knowlegde, New York: Alfred A. Knopf. First edition.

 

Rumbo Sur, ACFV editorial, 2015

 

“Rumbo Sur” (ACFV editorial 2015) es la primera obra del escritor porteño Guido Finzi (Buenos Aires, 1968). Con anterioridad el autor ha publicado con diferentes pseudónimos varios relatos incluidos en antologías europeas y americanas (Sudamericana, Ediciones del Sol, Centro editor de América Latina entre otras). Ha sido también colaborador habitual en revistas culturales como Punto y Coma, Argentinos.es y Raíces con artículos en los que aborda temas relacionados con su cultura, como el español en Israel o los judíos en Argentina, o explora lugares emblemáticos de la ciudad de Buenos Aires, el Café Tortoni, la Avenida Corrientes, etc. Finzi ha realizado asimismo reseñas sobre autores argentinos como Marcelo Luján o Sergio Olguín para la Revista Literautas. En 2011, tras la publicación de Microantología del Relato II (ed. Irreverentes), alentado por el escritor Horacio Vázquez-Rial, decidió salir del anonimato y firmar como Finzi. Ese mismo año vería la luz  Rumbo Sur y otros relatos en formato e-pub (editorial Literautas.com.Libros). Su segunda obra, “Miradas” (ACFV editorial 2015), le consolida como maestro en el arte del relato.

En Rumbo Sur, Guido Finzi nos propone una selección de cuarenta y tres relatos breves que ofrecen al lector historias inusuales, si bien no exentas de verosimilitud. En todas ellas se parte de lo cotidiano, incluso se introduce el elemento biográfico para propulsarnos a través de un catalizador, habitualmente un suceso fortuito, al terreno de lo anecdótico, de todo aquello que es digno de ser contado. Los relatos de Finzi tejen a través de las palabras una atmósfera envolvente que va atrapando al lector de forma sinuosa en un mundo donde es difícil establecer el punto de inflexión entre la realidad y lo ficticio.

En estos cuarenta y tres relatos el autor reivindica el espacio del café como lugar de descanso, como lugar de encuentro y fuente de inspiración para el “cazador” de historias. El café es el entorno donde suceden anécdotas dignas de ser contadas. El espacio adquiere de este modo una identidad propia como lugar histórico y vital frente a la despersonalización de lo que Marc Augé[1] calificó en su momento como los “no lugares”, espacios de transitoriedad puramente circunstanciales, lugares de paso donde el cruce apresurado de caminos no permite que surja la intimidad. En ese otro espacio íntimo, confortable, del café porteño el escritor encuentra al otro, al otro como narrador o transmisor de historias pero también se encuentra su “sí mismo” en una alteridad que se presenta desdoblada. El café actúa, así, como una suerte de espejo de múltiples caras al más puro estilo Wells (La dama de Shangai, 1947) que ofrece a Finzi su reflejo como escritor y como personaje. Todo ello coadyuva al autor a construir la imagen de sí mismo en un intento de responder a la difícil, por no decir imposible, pregunta ¿quién soy en realidad?. De ahí que, de forma similar a Auster, de quien acusa ciertas influencias, el Finzi escritor se permita convertirse en figura literaria, incluso se sirva de su propio nombre para incorporarse al cuento y convertirse en parte de él. Desde su mesa del café o acodado en la barra del bar, el personaje se nos presenta como un hombre solitario, tranquilo, ensimismado y a veces doliente, un personaje que observa la realidad desde una cierta distancia, “subido al balcón”, e incluso con una mirada teñida de melancolía y tristeza existencial propia del post-modernismo. Frente al Finzi personaje surge el escritor, unas veces afamado y presuntuoso, otras mediocre, otras simple aspirante frustrado que se juzga sin talento. En ocasiones se rinde tributo a escritores admirados, como Alberto Moravia, autor de “Cuentos romanos” y de varias novelas hoy casi olvidadas.

La ciudad de Buenos Aires es el telón de fondo donde se inserta el microespacio del café. La ciudad y su devenir condicionan en buena medida el marco histórico-temporal de las anécdotas y de los personajes que confluyen azarosamente en ese lugar de encuentro. Esto explica que muchos de los protagonistas de las historias sean inmigrantes judíos, irlandeses (relato Rumbo Sur, que da nombre a la obra) o personas de origen italiano o polaco que viajan desde la vieja Europa hasta Sudamérica en busca de la tierra prometida, de un lugar donde empezar de nuevo remedando las heridas del pasado. Desde Madrid, ciudad de residencia del escritor, Finzi gira los ojos hacia ese Sur donde radican sus raíces –su familia emigró a Argentina durante los años treinta del pasado siglo-. No obstante, el Buenos Aires de Finzi es un lugar inexistente, el mero reflejo de la memoria nostálgica de un tiempo que ha desaparecido por causa y a causa de la tecnología y el apresuramiento.

Del mismo modo que podríamos situar la obra de Finzi en el terreno de la post-modernidad, Rumbo Sur debería incluirse en nuestra opinión en el terreno de lo que podríamos llamar, como hace Tizón (1964), post-cuento [2]. Si el cuento puede definirse como un tipo de narración  corta sujeta a ciertos cánones, el post-cuento se resiste a ser encorsetado en unos parámetros narrativos. La finalidad del post-cuento no es contar una historia sujeta a los patrones tradicionales, con una introducción, nudo y un desenlace, historia caracterizada por la prevalencia del elemento sorpresa o el giro inesperado, como sucede en la obra de grandes maestros del cuento, como Cortázar o Borges. Para Ángeles Encinar, profesora universitaria y antóloga del Cuento español actual. 1992-2012, ed. Cátedra (2014) el cuento ofrece ahora multiciplidad de posibilidades. Puede no haber desenlaces, predominan los finales abiertos y no necesariamente existe el conflicto. El cometido del post-cuento va más allá; su propósito último, si es que en realidad lo tiene, es suscitar impresiones, emociones para levantar el velo, descubrir el verdadero trasfondo de la historia, oculto incluso para el propio escritor. El lector se convierte, por tanto, en partícipe de la experiencia. La emoción es parte del cuento, como también la impresión que la historia suscita en el propio escritor, impresión que trasciende al lector a través de la empatía. De ahí que el cuento se haya convertido no sólo en un ejercicio intelectual sino también en un recorrido físico y sentimental, como nos recuerda otra escritora argentina, Samanta Schweblin, autora de Siete Casas Vacías y Distancia de Rescate.

A pesar de ser relatos independientes entre sí sin más puntos en común que un cierto halo de melancolía, los cuentos que se agrupan en Rumbo Sur tienen como leitmotiv el azar, el encuentro acausal: “Las casualidades suelen ser tan putas como inoportunas y, por lo general acuden a nosotros no a la sorda llamada de nuestros deseos sino al caprichoso dictado del azar” (“Dos o el destino”); “por eso a nadie le extrañará, como no lo hicieron a mí mismo, los pormenores de la última que nos tocó sufrir” (“Rencor”, pág. 67); “el azar no se deja tentar” (“Debilidad”, pág. 79); “Nada es casual” (relato, pág. 81).  El encuentro fortuito trae antiguos amigos, amores imposibles o personajes famosos de gran interés. Mención especial merece la figura del anciano de cabellos blancos, que se identifica con la figura del maestro o mentor, quizás recuerdo del fallecido Vázquez-Rial. Creemos, no obstante, que la palabra azar no se emplea con justeza. Como ya tuvimos ocasión de analizar en nuestro artículo Paul Auster, el escritor del azar publicado en la Revista Gurb (número 42), a cuyas páginas nos remitimos, los sucesos que cambian nuestro rumbo pueden obedecer a un plan preestablecido, al que podemos llamar azar controlado o simplemente destino. Finzi se declara un determinista a ultranza de modo que, para él, todo lo que sucede tiene un cierto propósito. El premio Nobel Isacc Bashevis Singer o Borges inciden en la idea de destino e influyen, sin duda, sobre el autor.

Un aspecto destacable es la compleja relación que el “Finzi” personaje guarda con el principio femenino, representado a través de la figura de una femme fatal que, con mucha frecuencia, actúa como una suerte de ánima negativa. En Rumbo Sur el amor es vivido por Finzi incluso como un estado de esclavitud, revelando de nuevo su pensamiento determinista (“en el amor”, afirma, “no existe el libre albedrío y uno no decide de quien va a enamorarse”, pág. 62). Finzi expresa su preferencia por un determinado tipo de mujer, la mujer madura. Rara vez las historias amorosas del escritor acaban bien, pese a que él confiesa creer en el amor. A veces, el personaje amado en el pasado reaparece (recurso típico del universo “austeriano”) fruto de un azar orquestado por el demiurgo, ofreciendo segundas oportunidades para subsanar los antiguos errores. Las segundas oportunidades, sin embargo, no parecen existir para Finzi, que es capaz de reconocer la fatalidad a tiempo, evitando el precipicio de incurrir dos veces en el mismo error (“Psicoloca”).

Centrándonos en el estilo, decir que los relatos están muy bien escritos. Las descripciones detalladas, con una adjetivación por lo general precisa, permiten crear, como ya hemos advertido, atmósferas que tiran del lector hasta hacerle formar parte del relato. Los diálogos aportan fluidez al texto, con el uso del habla argentina, muy frecuente, que permite contextualizar. El principal problema estilístico radica en el uso de frases excesivamente largas con abundancia de comas, lo que genera un ritmo lento. En ocasiones se incurre en el error de las comparaciones desafortunadas o de metáforas poco originales y manidas (“cielo color panza de ratón”, por sustitución del tantas veces leído cielo color panza de burro). Estos pequeños excesos se compensan, sin embargo, con una prosa elegante, no exenta de refinamiento, donde apenas queda espacio  para el lenguaje vulgar.

Es todo un reto presentar una colección de relatos tan extensa y mantener constante la capacidad de sorpresa del lector, un reto que ni siquiera superan, en nuestra opinión, los grandes maestros del cuento. Finzi sale relativamente airoso de este trance y la tendencia a la monotonía presente en las colecciones de relatos logra romperse a través de historias amorosas casi pero no del todo inverosímiles, capaces incluso de suscitar una sonrisa en cierto modo amarga.

No nos gustaría finalizar este breve comentario sin calificar al menos dos de los relatos de Rumbo Sur no sólo como auténticas joyas literarias sino como el guión de novelas que todavía están por escribir. Es el caso de “Ficciones”  y “Una historia romana”, dos relatos que no pueden ser pasados por alto a causa de excelente calidad narrativa, su interés histórico  y su indudable vocación de trascendencia en el tiempo. Esperamos con sincero interés que, algún día, el Guido Finzi escritor acometa el reto de  ofrecernos la historia fabulada de Vittorio y Adela, dos personajes capaces sin duda de cautivar y enamorar al lector.

 

Alicia García-Herrera

10 de diciembre de 2015

[1] AUGÉ, M.,(2009), Los no lugares, espacios del anonimato. Antropología sobre modernidad, ed. Ghedisa.

[2] TIZÓN, E., Postcuento, El Cultural, www.elcultural.com/revista/opinion/Postcuento/37102 (octubre 2015)

La ciudad de la memoria y El secreto de Vesalio

Dicen que los libros nos eligen. A esta idea ya tuvimos ocasión de referirnos en la entrada anterior, a propósito del comentario de “Tras las Huellas de Heródoto” (2015), Penadés, A.. Este principio no resulta novedoso para los grandes lectores como tampoco para la literatura o  el cine, que nos ofrecen algunos ejemplos. Así, en La sombra del viento (2001) de Carlos Ruiz Zafón, ed. Planeta, el pequeño Daniel Sempere al  llegar al Cementerio de los Libros Olvidados de la mano de su padre, escoge o es escogido por un libro del misterioso Julián Carax que cambiará su vida para siempre.  En el cine, Huracán Carter (1999), interpretado por Denzel Washington en la cinta homónima, se refiere de forma literal a este axioma en una emotiva escena.

Hablamos también en la entrada anterior de la sincronicidad, definida por C.G. Jung como «la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal”[1]. Desde esta perspectiva frase“los libros nos eligen” podría ser  una experiencia sincrónica. Jung murió sin haber terminado de desarrollar sus tesis, de modo que únicamente pueden sustentarse en la observación fenomenológica.

Finalizado el verano la suscriptora de estas líneas tenía el firme propósito de empezar un nuevo ciclo tomando distancia de las novedades editoriales, tarea que resulta extremadamente ardua cuando se tienen tantos amigos con inclinaciones literarias. Ese propósito tenía el honesto fin de trabajar. Pero antes de dar cumplimiento a este noble cometido dos obras se han cruzado de sopetón en mi camino, casi de forma simultánea, resultado del encuentro personal con sus creadores. ÁLVAREZ, S., (2015), con La ciudad de la memoria, editorial Almuzara y LLOBREGAT, J., (2015), con El secreto de Vesalio, editorial Destino, han estimulado sin duda mi curiosidad lectora y activado de nuevo el interés hacia las formas narrativas actuales, entre las que conviven fórmulas tan diversas como el microrrelato y el relato breve ( SASTRE, R., (2015) Jazzasesinato, ACVF ed.) y la novela XXXL –como ejemplo, CAMPS, J, (2015) “La última confidencia del escritor Hugo Mendoza”, ed. Planeta, a la que nos referiremos en la próxima entrada-.

Los autores de los dos trabajos mencionados tienen varios nexos en común que no pueden sino reflejarse en sus creaciones. Los dos escritores pertenecen a la generación del baby boom, publican su primera novela en 2015 con gran éxito y tienen una “doble vida” profesional que compaginan con su interés por las letras. Llobregat dirige una empresa dedicada a la realización de proyectos de competitividad y desarrollo local y Santiago Álvarez, además de ingeniero y compositor, imparte talleres de literatura y es el primer profesor en España del software para escritores Scrivener, sobre el que realiza regularmente talleres presenciales en Bibliocafé. Tanto Jordi Llobregat como Álvarez son también profesores-colaboradores del curso de narrativa de Antonio Penadés. Los dos tienen algo más que les une: el  amor a la novela negra, expresado en el impulso de una interesante iniciativa cultural, el Festival Valencia Negra, complementado con su participación en diversos festivales del género –recientemente, el de Getafe (octubre 2015) o la Jornada sobre novela negra organizada por el Ayuntamiento de Córdoba (noviembre 2015), ésta última con la presencia de Santiago Álvarez, ganador de la medalla de oro como título más visitado en 2015 de la revista Sólo Novela Negra-. La inclinación hacia el género negro se ha proyectado indudablemente en sus respectivas primeras obras.

Tanto La ciudad de la memoria como El Secreto de Vesalio han sido objeto de numerosas reseñas, lo que acredita su interés para el lector consciente. En el caso de Álvarez, S., éstas pueden consultarse en http://www.detectivemejias.es/sala-de-prensa/resenas/. Respecto de Llobregat, J., www.planetadelibros.com/;www.elplacerdelalectura.com; www.culturamas.es/…/ etc. entre otras muchas.

ÁLVAREZ, S. (2015), en La ciudad de la memoria, editorial Almuzara, 400 págs, nos ofrece un cóctel de aventura, historia, crítica social y reflexión sobre las complejidades de la naturaleza humana que no deja margen alguno al aburrimiento. De la mano del peculiar detective Mejías, un personaje anacrónico que tiene mucho de D. Quijote moderno, el escritor nos introduce en la investigación de un enigmático asunto que implica a los Dugo-Escrich, familia propietaria del mayor grupo empresarial valenciano. En su aventura le acompaña Berta, estudiante universitaria de periodismo, una joven responsable y hasta cierto punto corriente, patito feo empeñado en aprender lo que no viene en los libros. Berta, nacida en plena era Internet, actúa como contrapunto de Mejías y aporta al dúo (padre/hija; mentor/discípulo) un toque de modernidad y, por qué no, de objetividad y sensatez. A ambos se añade Zero, un gato callejero que allana el despacho-vivienda del detective para acompañarle en sus soledades.

El título de la obra, muy acertado, nos hace recordar la influencia del pasado sobre el presente. Como diría Borges, “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Ese es el secreto del tempus narrativo, partir del presente hacia el pasado para volver de nuevo al presente. En ese viaje en el tiempo nada es lo que parece. Berta y Mejías deberán superar diferentes pruebas, enfrentarse a situaciones estrambóticas (v. gr. la del yaco, que da inicio a la aventura), resistir persecuciones en coche o incluso sobrevivir a accidentes mortales. Pero también encontrarán manos amigas, como la del Manuel, el gitano del rastro, personaje entrañable, reflejo de la injusticia vital y social. Las pistas irán conduciendo paulatinamente a la resolución del enigma desencadenante de la historia, que con total seguridad dejará al lector completamente perplejo.

La influencia del cine negro se deja sentir no sólo sobre el personaje central de Mejías, reflejo de Bogart, sino que condiciona toda la obra. De hecho, la primera pregunta que lanza el detective a Berta es “Te gusta el cine?”-luego se verá la importancia de esta pregunta aparentemente extraña-. Cada capítulo, además, comienza con una cita extraída de una película del género. Las descripciones, detalladas pero con la adjetivación justa, y los diálogos, muy fluidos, suscitan en el lector la impresión de enfrentarse a una escena de película, al igual que los informes falsos del detective, que recrean un mundo hecho a su medida, situado al margen del tiempo.

La crítica social es patente en la obra de Álvarez, donde no sólo se refleja lo inhumano de un sistema basado en el materialismo y la tecnología, sino que se abordan aspectos que sacuden nuestra actualidad, como las complejas relaciones en el ámbito de la empresa familiar y las luchas de poder, o las relaciones entre empresa/Administración pública, salpicadas por la lacra de la corrupción.

Pasiones humanas como el amor o la venganza ocupan una posición fundamental en la obra, como también la lealtad y la amistad. No podía faltar al menos un triángulo amoroso, en cuya base radica la motivación del villano (Ernesto Blanch, un muerto que no está muerto/ Esperanza/”Rey Arturo” sustituido después por el triángulo Rosita/Mercedes/ Rey Arturo). De interés la aparición en escena de femmes en apariencia fatales (Ángela, todo un reto para el detective), que explotan el lado más humano e instintivo del detective, no sin una cierta dosis de humor.

Destacables por su originalidad las dieciséis reglas de Mejías, expresión de un pensamiento humano que puede considerarse universal.

LLOBREGAT, J., (2015), El secreto de Vesalio, editorial Destino, 540 pp., (en adelante El secreto…) nos propone, por su parte, una aventura que nos traslada a la Barcelona de 1888, escenario de unos crímenes rodeados de un halo de superstición atribuidos a un ser sobrenatural, el Gos Negre. La historia comienza con el regreso a la ciudad de Daniel Amat, joven profesor universitario en la ciudad de Oxford. La vuelta de Daniel está condicionada por un hecho fortuito, la muerte de su padre en extrañas circunstancias. La necesidad de resolver el misterio que rodea a este óbito es el inicio de una búsqueda que llevará a Daniel a enfrentarse a diversos sucesos terribles que marcaron su pasado y al descubrimiento del Liber octavus de Vesalio, manuscrito que puede cambiar la historia de la humanidad. En esta aventura cuenta con la ayuda del periodista Fleixà, un reportero de vida irregular obsesionado con la idea de encontrar una noticia que cambie su suerte, y de Pau Gilbert, un misterioso estudiante de Medicina dotado de un cerebro privilegiado capaz de suscitar todo tipo de envidias. En el libro de Llobregat la Medicina juega un papel relevante no sólo porque Vesalio fue el primer anatomista de la historia sino porque el autor ubica la obra en un período de grandes cambios en esta disciplina, que a partir de esta época comienza a focalizar su interés en los cuidados paliativos.

Uno de los aspectos más destacables en la obra es la elección del espacio físico y de la cronología. La Barcelona de la Exposición Universal es el reflejo de la España de la Revolución Industrial, con una burguesía rica y floreciente. Llobregat nos muestra con maestría una ciudad europea en pleno proceso de crecimiento, empeñada a adaptarse los tiempos modernos, donde el progreso convive con el mal. En la medida que se articula como ciudad europea ni siquiera carece de un asesino en serie, como sucede en Londres con Jack el destripador o en París, con los crímenes de la Rue Morgue. Frente a la modernidad, conviven la superstición y lo sobrenatural, lo mágico.

Ciertos mitos universales y arquetipos cobran un especial relieve en El Secreto…. como  el mito universal de la muerte/resurrección, presente asimismo en Shakespeare (Romeo y Julieta), o en el Frankestein de Mary Shelley, entre otros ejemplos; o el de la prostituta redimida por amor  en el personaje de Dolors, que reconduce a la figura de María Magdalena. Es llamativo que en el trabajo de Llobregat la relación con el padre o, mejor dicho, la ausencia o la dificultad en la relación, se erija en un tema sino fundamental cuando menos relevante. La búsqueda de la figura paterna, presente también en la obra de Julio Verne, es lo que impulsa a Daniel Amat a volver a Barcelona y emprender una aventura de reminiscencias homéricas.

La lucha entre el bien y el mal se refleja en toda la obra[2] . El contrapunto del héroe (o mejor dicho, anti-héroe) se perfila como un individuo aliado con el mal y dominado por él cuando no decididamente perturbado. Por este motivo el mal, realizado de forma consciente, se desencadena ante deseos o motivaciones aparentemente pueriles que reconducen a pulsiones primarias: Bertomeu, condicionado por su deseo de reconocimiento; Fenollosa, que actúa movido por la envidia, etc…En El Secreto… es muy frecuente la aparición de la sombra (Amat/Bertomeu; Fluixà/LLopis; Fenollosa/Gilbert…), que estimula a los personajes principales para pasar a la acción.

En lo que a estructura narrativa se refiere ambos trabajos reproducen en lo esencial, con ligeras variantes, el patrón del viaje del héroe. El personaje central, que en los dos casos arrastra un pasado complejo del que pretende zafarse en una huida hacia delante, se sumerge en una búsqueda que atrapa al lector desde el principio. En el transcurso de la aventura surgen aliados, antagonistas y obstáculos. A la par que resuelve el misterio y se enfrenta a los obstáculos el héroe, ayudado por los aliados, irá descubriendo su propio valor. Los principales inconvenientes desde el punto de vista de la lectura surgen a causa de la superposición de tramas, que se entretejen de forma innecesariamente compleja.

El acierto de estos trabajos y su éxito radica a nuestro juicio en los personajes protagonistas, en sus personalidades atormentadas, en el acertado retrato de su evolución personal y en la elección de los escenarios principales donde se desmadeja el ovillo de la trama, Valencia y Barcelona, elevadas al nivel de ciudades cosmopolitas donde suceden historias dignas de ser contadas. La tríada Daniel Amat, Pau Gilbert y Fluixà, en la obra de Jordi;  la pareja Berta y Mejías en la de Santiago nos proporcionan personajes tremendamente atractivos, llenos de claroscuros y contrastes. Su historia personal, sus reflexiones, su forma de ver la vida, sus ideales, sus derrotas y sus victorias, sus desalientos, sus golpes de fortuna, la forma de afrontar los obstáculos que se presentan en el camino, su resolución, el no abandonar, resultan desde nuestro punto de vista más interesantes si cabe que sus andanzas y aventuras en pos de la resolución de un misterio. Porque en este caso el misterio actúa únicamente como acicate para que estos personajes se revelen al lector en toda su riqueza.

Secretos, mujeres de rompe y rasga, acción, misterio, historia, medicina, corrupción, amores posibles e imposibles, desamores, triángulos amorosos, parejas de dobles…..¿qué más se puede pedir? Quizá únicamente las respectivas secuelas. Los finales de estos libros no son cerrados. De hecho nos consta que Santiago Álvarez ya trabaja a toda máquina en su segundo manuscrito, importunado de cuando en cuando por su gatita, ¿alter ego de Zero?.

Para finalizar, una reflexión. Los libros nos eligen porque tienen algo que decirnos. A veces un libro nos muestra una frase que resuelve nuestras dudas más íntimas. Un libro puede ser el amigo que señala un pensamiento equivocado, la mano que nos ayuda a tomar decisiones o que nos incita a rescatar viejas promesas que hicimos en algún momento, hoy sepultadas por el paso del tiempo.

Dicen que nuestros pensamientos pueden ser capaces de modificar la realidad circundante. No es una reflexión propia del ideario Disney (you can win) sino que nos remite a la sabiduría más antigua (Marcos 11:20-24 y Mateo 21:19-22). Cada uno de nosotros podemos escribir nuestra propia historia personal. Ustedes, ¿se atreven a exponerse? Recuerden: Mejías, regla número 12.

[1] [1] Obra Completa de Carl Gustav Jung. Volumen 8. La dinámica de lo inconsciente: Sincronicidad como principio de conexiones acausales. Sobre sincronicidad, página 436, § 849. Madrid: Trotta, 2004. Esta obra fue publicada junto a una monografía de Wolfgang Pauli.

[2] Frente al concepto de mal radical kantiano recordemos el concepto de mal banal, en palabras de Hannah Arendt, Eichman en Jerusalem, (2003) ed. Lumen. Para Arendt, sólo el bien puede ser radical.

Jazzasesinato (2015), ACFV ed., Sastre, R.

Hace unas semanas un joven compañero me manifestaba su incredulidad. ¡Rafa Sastre había logrado convencerme con sus relatos!. ¡A mí!. Era realmente increíble. Él tenía sus razones, desde luego, pues conoce mi estilo y mis preferencias literarias, muy opuestas a las de Rafa, autor de la cantera de la Generación Bibliocafé. Ciertamente hay muy pocos escritores vivos que hayan logrado seducirme como lectora. El microrrelato, el cine negro, el jazz, el humor, eran para mí como el sushi, algo exótico, lejano, diametralmente opuesto a mis referentes literarios, entre los que sólo figuran libros europeos – el Fausto de Goethe, La montaña mágica, de Thomas Mann o El idiota, de Dostoievski, y un corto etcétera ( libros de ayer mismo y ligeritos, vamos). Pero con Jazzasesinato me ha sucedido lo mismo que al probar los makis, que me he sentido gratamente sorprendida. Porque cada pequeño relato es como una explosión de sabor, capaz de suscitar todo tipo de emociones. La sonrisa con relatos brevísimos como Ring o Cons-pig-ación, la amargura de las ilusiones rotas, la esperanza de las segundas oportunidades, la culpa, el peso de la justicia, pues el mal se retribuye con el mal…. Con un estilo preciso y expresiones muy originales y brillantes, -me quedo con la de insolvente sentimental, es magnífica -, a veces utilizando un lenguaje procaz, Rafael va dibujando personajes muy bien definidos, intensamente apasionados. Las mujeres de Rafa están llenas de aristas. Atrayentes, frágiles, casi siempre peligrosas, asesinas a sangre fría, las menos veces compañeras y amigas. El hombre encarna la perfecta figura del anti-héroe, del perdedor que se resiste a aceptar su destino, que persigue lo que es justo en la injusticia de la vida, luchando hasta el final. Y a veces, entre la tragedia y la crueldad, un brillo de luz, una nota sentimental que resquebraja la dureza de los personajes, habituados a debatirse en una jungla de asfalto, a devolver golpe por golpe. Por encima de todo, el humor, presente en toda la obra (aunque él divide los relatos en dos grupos, Medio en serio/ medio en broma), un humor amargo de reminiscencias quevedianas que induce a trascender los relatos, suscitando la reflexión en el lector sobre las contradicciones de la naturaleza humana. No perderemos de vista a Rafa.

Tras las huellas de Heródoto (Crónicas de un viaje histórico por Asia Menor) (2015), Penadés, A., ed. Almuzara, 382 páginas

El último libro que introduje en mi maleta, broche de oro de este intenso verano que ya se acerca a su fin:

Tras las huellas de Heródoto (Crónicas de un viaje histórico por Asia Menor) (2015), Penadés, A., ed. Almuzara, 382 páginas.

Antonio Penadés (1970) es abogado, periodista, investigador sobre historia antigua y escritor de novela y ensayo. Es, asimismo, delegado de Familias sin fronteras por la Infancia, ONG que financia orfanatos y escuelas en Haití, y presidente de la asociación Acción Cívica, organización ciudadana creada en 2014 con el objetivo de combatir activamente la corrupción (www.accioncivica.org).

A pesar de sus múltiples intereses y actividades, dirige el curso de escritura creativa de L’Iber, Museo de los soldaditos de plomo de Valencia. Es en la décima edición de este curso y en su faceta de docente cuando he tenido ocasión de conocer a Antonio, si bien el solapamiento horario con otras actividades insoslayables hizo que tan sólo pudiera asistir a algunas de sus clases.

Leer a aquellas personas a quienes conocemos, siquiera sea de forma superficial, resulta una experiencia interesante y un tanto arriesgada, por cuanto el acercamiento a la obra del otro quizás termine propiciando un cambio de percepción. De ahí que resulte necesario liberarse de todo tipo de prejuicio en la aproximación a ese universo no del todo ajeno y proceder con sumo respeto. En este sentido, el encuentro con el escritor y con su obra ha sido muy grato. Antonio Penadés pone a disposición del lector, con gran generosidad por su parte, sus conocimientos históricos pero también sus experiencias, sus reflexiones e inquietudes, incluso expresa sus preferencias personales -seguramente, al completar la lectura de la obra, el lector sabrá que Tolkien figura entre las lecturas juveniles del autor como sabrá también de su carácter pragmático o incluso de su marca de cerveza favorita -. De ahí que él mismo confiese que en esta obra se “desnuda” en tanto es capaz de compartir con el lector vivencias, sentimientos, emociones y opiniones de un modo llano y sincero, como también lo hace en su vida personal. Esta forma de proceder supone un acto previo de reconocimiento y autoexpresión cuyo efecto, pretendido o no, es la humanización del escritor, la bajada del pedestal creativo y la legitimación del lector, al que se reconoce como interlocutor válido.

“Tras las huellas de Hérodoto” se concibe como la crónica de un viaje que recorre la costa suroeste de Turquía, siguiendo en buena parte la trayectoria trazada por el ejército de Jerjes en la invasión de Grecia (Segunda Guerra Médica). Su propósito primigenio es descubrir la presencia de Heródoto, seguir sus huellas, de ahí que el viajero parta de Halicarnaso, ciudad en la que vivió el historiador, y se aparte en algunos casos de la ruta prevista -v.g, el desvío hacia la isla de Samos o la visita a ciudades significativas en la época clásica, como Mileto, Éfeso o Afrosidias-. El proyecto del autor, que él mismo califica como viajero-histórico-literario, se gesta durante la adolescencia y comienza durante una fría tarde de lluvia en la biblioteca pública (v. Introducción). El descubrimiento bajo esas circunstancias de la obra y de la figura de Heródoto (libro V) actúa como catalizador de “un interés sincero hacia la condición del hombre” (p. 22) que justifica en lo esencial la fascinación que la Historia Antigua ejerce sobre el autor. El viaje es el sueño de una noche de verano que se ejecuta más de un cuarto de siglo después, en plena madurez física e intelectual, en solitario (“era mi proyecto”, p. 18). De ahí que revista en cierto modo la condición de viaje iniciático, entendida la palabra no en su acepción esotérica sino en el sentido de viaje hacia el conocimiento. Este tipo de viajes suelen producirse en épocas en las que se activa un arquetipo, fenómeno que da lugar a“sincronicidades” en nuestra vida ordinaria (v. Jung, C.G., “El hombre y sus símbolos,” ed. Paidós). El resultado no es otro que un ensanchamiento de la personalidad. Bien pudiera ser el caso, pues el autor afirma con rotundidad que“al regreso de un viaje tan enriquecedor, la concepción que uno tiene del mundo varía indefectiblemente” (p. 19, p. 34) como también es sincronicidad la coincidencia parcial temática de su proyecto con el de R. Kapuściński (Viajes con Heródoto), cuyo libro le acompaña en su viaje (v. p. 35).

La obra viene estructurada en diez partes, introducción y nueve capítulos, precedidas por el prólogo del conocido novelista e historiador Gisbert Haefs, sencillamente magistral. Se incorpora, además, una guía cronológica que facilita la ubicación del marco histórico para lector no especializado en historia griega. Hubiera sido de interés incluir una tabla de contenidos para facilitar la consulta de las abundantes materias (historia, mitos, leyendas) que se abordan en el texto, omisión excusable si se tiene en consideración que la obra no se concibe estrictamente como una crónica viajera o un ensayo de naturaleza histórico-filosófica, sino que incorpora un aspecto literario esencial, tal y como expresa el autor. “Tras la huellas de Heródoto” es, en efecto, un cuaderno de viajes al que se incorporan elementos históricos, leyendas y la narrativa de la propia experiencia vital del viajero en su recorrido desde el presente hacia el pasado (p. 19).

Cada uno de los nueve capítulos viene acompañado por una leyenda en la que se sintetiza la historia de las ciudades visitadas. El capítulo final, referido a Quersoneso y Bizancio (actual Estambul), se rotula simplemente como “Fin del viaje”. La obra mantiene una estructura equilibrada que parece responder a los principios de la Poética de Aristóles (introducción, nudo y desenlace, v. p. 161), con mayor extensión de contenidos en los capítulos centrales. La sistemática elegida para estructurar cada capítulo y, dentro de este, cada etapa del viaje, responde en esencia a esos principios; pero en la forma de contar se adivina el influjo de los Nueve Libros de la Historia de Heródoto o al menos algún que otro guiño (también en la obra hay nueve “libros” o capítulos). El viajero parte, como hiciera Heródoto, de una descripción detallada del paisaje para pasar, a continuación, a retrotraerse en el tiempo y explicar la historia del lugar visitado con apoyo en las fuentes (Heródoto, pero también otras que cita a pie de página con rigor académico), deslizando anécdotas de gran interés (entre otras muchas, la piratería en las rutas comerciales, p.37, la llamativa inteligencia de Artemisia, p. 39, y de la joven Gorgo, p.68, mosquitos en Priene, p.98,, el tirano de Samos, p.228, la costumbre de las jóvenes lidias de prostituirse para costear su dote, p. 218, el origen de los etruscos, p 232, etc…), leyendas (la leyenda de los gobernantes de Paros, p. 85, Asclepio, p.188, …) o cultos asociados a los lugares visitados (Hera en Samos, Afrodita en Afrosidias, Apolo en Mileto, Artemisia en Sardes…) y sus propias reflexiones morales u opiniones, realizadas todas ellas sin afán dogmático. Pero en ciertos aspectos, llevado de su entusiasmo e indudable erudición, el autor resulta excesivamente prolijo desde la perspectiva del lector medio (vg., capítulo VI, sobre todo en la descripción del ejército de Jerjes o la narración de algunas batallas, por ejemplo la de Maratón, en el mismo capítulo, p. 236 y ss), exceso que compensa con el lenguaje fluido, variado y ameno (acierta Haefs al decir que Antonio Penadés es un excelente lector, pues sólo alguien con mucho “oficio” puede escribir así) y con los sutiles cambios de tono que establecen complicidades con sus interlocutores, suscitando incluso la sonrisa (véase especialmente, insectos en la ducha (p.96), música “hortera” en la radio turca (p.161), la anécdota inexplicada del grupo de japoneses que rehúsa tomar parte en los baños públicos de Hierápolis (p.198) cuando en Japón, el baño Onse o Sento es toda una experiencia social). Los momentos de tensión o de “peligro” amenizan igualmente la lectura (vg., el viajero se pierde varias veces en caminos no transitados – ¿hubiera ayudado incorporar un GPS en el kit del viajero?-, se queda sin batería en el teléfono, p. 140, pretende subir a la acrópolis de Sardes por un camino desde el que puede precipitarse al vacío, p. 250, o introduce en Estambul a un extraño en su vehículo que resulta ser un antiguo agente infiltrado, p.370).

De especial interés desde nuestro punto de vista resultan los capítulos V y VIII. En el primero se contienen referencias al origen de la escritura, lo que es una buena excusa para retomar la reflexión sobre la literatura que Penadés efectúa ya desde las primeras páginas (p. 34) y sobre la novela histórica (pp. 175-177). Destaca el extenso tratamiento de la figura de Afrodita, a quien califica como su diosa preferida (p. 167), las referencias a las nueve musas (p.178) y al humor (p. 180), introduciéndonos también en los principios básicos de la medicina griega. En el VIII, es relevante la referencia a Assos como ciudad de filósofos (Aristóteles). Se proporciona, además, una preciosa y plausible teoría sobre el origen del templo griego que no debe pasar en absoluto desapercibida (p. 322 y ss, en conexión con p. 135). Tampoco debe el lector pasar por alto la leyenda sobre el origen de la guerra de Troya ni la versión de Heródoto sobre el rapto de Helena, que suscita la crítica del historiador sobre la epopeya de Homero (p. 345). En este punto, el autor se desvía por primera vez del pensamiento de Heródoto, puesto que para Penadés la historia es ciencia, a diferencia de la de la poesía épica, que es arte, de modo que el arte no puede rebatirse utilizando argumentos de la ciencia (p. 346); esta toma de posición es reflejo de su concepción sobre la novela histórica, de la que discrepamos en parte (la expresión “novela histórica” sería así una contradictio in terminis).

Pese a la abundancia de temas significativos que se abordan en la obra (la noción del tiempo, la insignificancia humana, la vida agitada de las ciudades, el respeto al otro, la justificación en ciertos casos del uso de la violencia, la perseverancia frente a la adversidad y el esfuerzo baldío, el concepto de la felicidad, los condicionantes de la libertad personal…) hay ciertos ítems recurrentes. Así, el exceso de orgullo o hybris, que el autor pone en conexión con la teoría del ciclo de Herótodo (v. p. 118, entre otras) –en definitiva, el mal siempre se destruye a sí mismo- o el injusto principio de transmisión de la culpa de padres a hijos o incluso a miembros de diferentes generaciones, como en el caso de Creso (v. en especial capítulos V y VI). Frente a la hybris se propugna el valor de la areté y se opone la sofrosyne como virtud (v. 118 y p. 183, respectivamente), relacionada con su pariente cercano, la harmonia. No se aborda la humildad como elemento compensador del exceso de hybris, no sólo por ser un concepto habitualmente ligado a las religiones del libro sino probablemente porque, de acuerdo con el pensamiento clásico, la humildad no es virtud o bien es cualidad propia del hombre llamado a las pequeñas cosas (cfr. Aristóles, Eth. IV, 7,1123b,4) ). Sobre estas y otras cuestiones el autor expone su propio punto de vista, como ya advertimos, mediante reflexiones muy elaboradas que hunden sus raíces en el clasicismo –así ocurre con la defensa del individualismo frente a la despersonalización propia de una sociedad de masas (p.147 y ss)-. Sean compartidas o no por el lector sus opiniones, el mero planteamiento de estos temas se erige en una ocasión magnífica para reflexionar y construir el propio ideario de una manera fundada, pues se trata de aspectos universales ligados a la condición del hombre (recordemos el aforismo “conócete a ti mismo”, escrito en el pronaos del templo de Apolo en Delfos).

Dice el autor que “para conocer las ciudades es preciso viajar y vivirlas”. El viajero necesitará seguramente completar de forma exhaustiva la visita a Bizancio (Estambul). Necesitará recorrer otras ciudades griegas en el Mediterráneo (ojalá algún día desembarque en las antiguas colonias griegas del Norte de África) o seguir el rastro de Alejandro, quién sabe. Sea como fuere, resultará innecesario recurrir al oráculo de Delfos, al de Dídima o incluso a cualquier pitonisa al uso para augurar nuevas experiencias histórico-literiario-viajeras a Antonio Penadés. Como sucede con los libros, también la vida nos elige.

28 de agosto de 2015

AGHerrera